Un molino de aceite de palmera en funcionamiento en una plantación al norte de Sumatra, Indonesia. La producción mundial de aceite se ha duplicado en la última década y se prevé que vuelva a hacerlo para el 2020. Foto: Paul Hilton

Investigación

A medida que aumenta la demanda mundial de aceite de palmera, las selvas tropicales de Indonesia se están destruyendo

Grandes extensiones de tierra están siendo taladas para dar paso a las plantaciones de palmera, liberando enormes cantidades de CO2 y dándole a los cazadores furtivos fácil acceso a los cálaos de yelmo en peligro de extinción.

(Este artículo se produjo en colaboración con el Food & Environment Reporting Network, una organización de noticias sin fines de lucro.) 

El que tiene el arma llegó con un gesto arrogante, paseando por la puerta en una musculosa blanca y unos jeans rasgados en las rodillas. Se instaló en el suelo de plástico, encendió un cigarrillo de clavo grueso, y comenzó animadamente a hablar de las 23 aves en peligro de extinción a las que le había disparado en Indonesia en los cinco meses anteriores. Con sus grandes pómulos y cabello negro brillante, el apuesto hombre de 37 años pasa su arma de 4,5 milímetros para que nosotros, los visitantes, podamos admirar la elegante culata color caramelo y su reluciente cañón de latón. Él estaba orgulloso de ser fotografiado y grabado en vídeo imitando los cantos agudos de sus víctimas emplumadas, que luego se convertían en risas histéricas. "¡Koo! ¡Koo! ¡Koo! ¡Koo! ¡Koo! ¡Koo! ¡Koo! ¡Koo! ¡¡¡Koo-koo-koo-koo-koo-Kah-Kah-kah- Kah-Kah-Kah-Kah-Kah-Kah-Kah Kah!!!".

Hace tan solo un año, ni este hombre, ni ninguno de sus amigos, podrían haber señalado a un cálao de yelmo en un libro ilustrado para niños. Ahora los tres hablan de cómo el ave —que ellos llaman Rangkong— viaja en parejas y prefiere las altas ramas de un árbol de higos en particular a través del río. Las aves salen por la mañana, dicen, alrededor de las 7 u 8, y luego otra vez en la tarde. Cuando un macho muere, su compañera aparecerá "un poco perdida," volando en busca de él y llamando a sus amigos.

Un activista ambiental local, llamado Rudi Putra, me había llevado a esta modesta casa de ladrillos en la provincia de Aceh, en el extremo norte de Sumatra. Con 39 años de edad, una pequeña barba y un título en biología de la conservación, Putra desarrolló un amor temprano por los rinocerontes emblemáticos de su isla natal y ahora dedica su vida a proteger a estos y a otra vida salvaje de la región. Es un llamado que implica, a menudo, roces con cazadores furtivos como estos. Los hombres matan al cálao de yelmo por su casco único, una extensión de queratina sólida en la parte superior del pico. Altamente estimado por los chinos cuando se esculpe en forma de botellas y joyas y se muele en medicinas tradicionales, este elemento ha adquirido un nuevo estatus en los últimos años, como resultado, en parte, de la creciente dificultad para adquirir colmillos de elefante. Putra entiende la desesperación económica que lleva a estos hombres a cazar aves y, en lugar de difamarlos, tiene como objetivo orientarlos hacia otras alternativas.

Las poblaciones de cálaos rinoceronte en Indonesia se han reducido a menos de 3.000. A pesar de que su casco es hueco, los cazadores furtivos lo confunden con el del cálao de yelmo, el cual es más valioso (de casco sólido). Foto: Paul Hilton

Pero las armas de los cazadores furtivos son solo la más reciente amenaza para el archipiélago que Putra llama hogar. Indonesia es el epicentro de la producción de aceite de palmera, una sustancia que, sin el conocimiento de la mayoría de los estadounidenses, ha invadido silenciosamiente nuestras vidas. Hoy en día, se encuentra presente en la mitad de los productos en los estantes de las tiendas de Estados Unidos, desde galletas y helados hasta lociones y lápices labiales. A su vez, este producto básico, versátil y de bajo precio está en aumento en India, China, y más. A nivel mundial, la producción de aceite de palmera se ha duplicado durante la última década, y se prevé que vuelva a hacerlo para el 2020.

El cultivo de la planta de aceite de palmera ya ha cobrado un precio devastador para las aves de Indonesia (y de Malasia, donde se cultiva la mayor parte del resto de aceite de palmera del mundo). Aquí, en Sumatra, más del 75 por ciento de las 102 especies de aves que dependen de los bosques de tierras bajas ahora se consideran en peligro a nivel global. Y BirdLife International informa que 27 de las 34 Áreas de Importancia para las Aves de la isla contienen grandes extensiones de la clase de bosques de tierras bajas que la industria aprecia.

A medida que los bosques desaparecen, los cálaos y otras aves se encuentran atrapadas en áreas de hábitat adecuado cada vez más pequeñas. Al mismo tiempo, las nuevas carreteras y plantaciones de palmeras oleaginosas hacen que los bosques restantes sean mucho más accesibles para los cazadores furtivos. Yokyok "Yoki" Hadiprakarsa, un biólogo de la conservación que dirige la Indonesia Hornbill Conservation Society con sede en Java, estima que entre 2012 y 2015, más de 2,400 cálaos de yelmo fueron asesinados en el país. Ya que las poblaciones han sido diezmadas en Kalimantan (la parte Indonesia de Borneo) y el sur de Sumatra, los cazadores furtivos han trasladado sus esfuerzos hacia el norte. En junio pasado, las autoridades aquí confiscaron 12 cascos, dos rifles, una balanza digital, y teléfonos celulares desechables de un par de hombres de Aceh, quienes confesaron haber vendido al menos 124 picos a intermediarios chinos en los seis meses anteriores. En tan solo tres años, de 2012 a 2015, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza con sede en Suiza rebajó los cálaos de yelmo dos clases, de "casi amenazada" a "en peligro crítico".

Gracias en gran medida a la industria del aceite de palmera, los indonesios que durante siglos han vivido de la tierra, obteniendo alimentos, materiales de construcción, leña y agua de los bosques, ahora tienen que pagar por este tipo de necesidades. "La gente se pelea todos los días por satisfacer sus necesidades diarias", explica Hadiprakarsa, "por lo que buscan oportunidades rápidas. Para aquellos que viven cerca de los bosques, la caza de vida silvestre es la opción obvia". 

Sin embargo, la destrucción de las selvas tropicales de Indonesia tiene consecuencias para todos nosotros. Los bosques del archipiélago no solo proporcionan una de las reservas de carbono más importantes del planeta, sino que el país es el hogar de la mayor concentración de turberas tropicales de la Tierra, suelos formados durante miles de años a través de la acumulación de materia orgánica. Los depósitos de turba en Sumatra, los cuales se extienden a través de 460.000 acres y pueden alcanzar profundidades de 25 pies, contienen 11 veces más carbono que la biomasa de los bosques sobre ellos. Cuando las empresas de aceite de palmera queman las turberas como paso previo a la excavación de canales y la siembra, enormes cantidades de dióxido de carbono se liberan hacia la atmósfera. La deforestación y la degradación de la turba representan 85 por ciento de las emisiones de CO2 de Indonesia. Hoy en día, el país ocupa el quinto lugar de emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo.

Una violenta insurgencia separatista de 30 años evito que la provincia de Aceh sufriera el mismo destino que el resto de Sumatra, hasta que la firma de un acuerdo de paz que en 2005 puso fin a eso. En particular, la industria del aceite de palmera tiene la mirada puesta en el ecosistema de la provincia de Leuser, una extensión de 6,5 millones de acres de tierras bajas y selva tropical montañosa que se extienden a través de la mitad inferior de la provincia. Siendo el hogar de 382 especies de aves, 105 especies de mamíferos y 95 especies de reptiles y anfibios, Leuser es Patrimonio Mundial designado por la UNESCO y se encuentra entre los sitios de mayor diversidad biológica de la Tierra.; los cazadores furtivos viven en el centro en una aldea llamada Tamieng. El Leuser, un tercio del cual comprende el Parque Nacional de Gunung Leuser, es la última área restante de tamaño y calidad suficiente como para mantener poblaciones viables de tigres, elefantes, rinocerontes de Sumatra, y de orangutanes, panteras nebulosas, y osos malayos. Además de sus poblaciones de Cálaos de Yelmo, Cálaos Rinoceronte, y demás especies de cálaos, se pueden apreciar los llamados de la Perdiz Pecho Pardo, el Faisán de Salvadori, varios Charlatanes de Sumatra, y del Papamoscas de Rück en gran peligro de extinción.

Rudi Putra, que acompaña a sus guardaparques en patrullas mensuales de 15 días, ha desmantelado 26 plantaciones ilegales en 7,500 acres de palmeras oleaginosas. Foto: Paul Hilton

Considerado como un Área Estratégica Nacional en lo que el gobierno denomina "función de protección del medioambiente," el Leuser se encuentra protegido por la ley de Indonesia. Aún así, en los últimos 15 años se ha perdido aproximadamente el 15 por ciento de su superficie debido a las plantaciones de aceite de palmera y a otras industrias extractivas, tal como la maderera y la minera. (Los activistas y ONGs de la región dicen que las empresas obtienen permisos a través de acuerdos secretos con las autoridades locales, o simplemente limpian la tierra de manera ilegal. La falta de supervisión a nivel nacional significa que lo hacen mayormente con impunidad.) Además de la disminución del hábitat general de los cálaos, las incursiones impactan los requisitos particulares de las aves. Conocidos como "agricultores de la selva" debido al papel fundamental que desempeñan en la dispersión de semillas, los cálaos necesitan un hábitat denso y un suministro constante de fruta. Sus hábitos de anidación únicos dependen de la especie de árboles de edad madura que tienden a talar los desarrolladores en primer lugar. Una hembra lista para poner sus huevos se retira a una cavidad natural en el interior de un gran tronco. Ella y su pareja sellan la entrada con una pasta de frutas, lodo y heces, dejando una pequeña abertura a través de la cual él la alimentará (y, eventualmente, a su polluelo) durante hasta cinco meses. Por ende, matar a un cálao macho, como los cazadores furtivos suelen hacer dado a su mayor tamaño, a menudo significa también la muerte de la hembra y del polluelo.

Los amados rinocerontes de Putra—junto con los tigres y elefantes del norte de Sumatra—también están siendo presa de la industria del aceite de palmera. Privados de su hábitat natural, estos animales una vez protegidos han comenzado a invadir las comunidades locales. Los agricultores y los trabajadores de las plantaciones, molestos por el hábito de las bestias de derribar casas y pisotear los cultivos, responden colocando venenos y trampas. Los rinocerontes de Sumatra, que una vez se encontraron en todo el sudeste de Asia, ahora suman tan solo 100 individuos. Los orangutanes de la región se encuentran tan asediados que los socorristas, armados con pistolas tranquilizantes y redes, han comenzado a realizar actividades de patrulla con la esperanza de detectar primates abandonados en medio del creciente mar de palmeras. Los animales desorientados son transportados a bosques con capacidad suficiente para acomodarlos, mientras que los huérfanos y heridos se trasladan a un centro de rehabilitación—que en este momento se encuentra sobrepoblado—fuera de la ciudad cercana de Medan.

La caza furtiva de los cálaos es reciente. Fue recién a fines de 2014, explica el mayor de los tres cazadores furtivos, el que nos invitó a su casa y nos sirvió café almibarado, que él y los demás comenzaron a notar extraños en su entorno, hombres de la provincia de Jambi, al sur de este pueblo remoto, y hombres Chinos que aparecían por un día o dos antes de desaparecer de nuevo. Con el tiempo se hizo evidente que los extraños habían venido en busca de Cálaos de Yelmo, una de las 10 especies de cálaos que hacen de esta isla su hogar. (Entre aproximadamente 60 especies de cálao en todo el mundo, alrededor de la mitad son autóctonas del Sur de Asia, incluyendo 13 que viven en Indonesia. Los otros cálaos, ninguno de los cuales se encuentra seriamente amenazado, son autóctonos de África Subsahariana.) A $6,000 por kilogramo, los cascos de las aves, comúnmente denominados "marfil dorado," "marfil rojo" o "jade de oro," se venden por hasta cinco veces más que el marfil de elefante. Las tiendas de Hong Kong exhiben baratijas con complejos grabados hechas de este elemento con precios en las decenas de miles de dólares. ¿Quién podría culpar a estos muchachos por querer un pedazo de la acción?

La tierra recién despejada en el Ecosistema de Leuser demuestra la débil aplicación de las leyes destinadas a proteger este hábitat vital. Foto: Paul Hilton

Putra cuenta que su propio despertar acerca de la importancia de preservar el Ecosistema de Leuser comenzó en 2001. Mientras trabajaba como investigador allí, una inundación violenta asoló su comunidad y otras, por lo que tomó la determinación de combatir la deforestación a cualquier precio. Cuando el apoyo a su trabajo financiado por el gobierno cesó, Putra comenzó a organizar reuniones con miembros de la comunidad, policías, funcionarios locales y grupos de sociedad civil en un esfuerzo por frustrar la industria del aceite de palmera, que para el año 2000 había suplantado la tala como la amenaza número uno a el Leuser. Putra comenzó a dirigir equipos de voluntarios en el bosque para hacer frente a los cazadores furtivos y desmantelar sus trampas. Con el tiempo, fundó el Foro de Conservación de Leuser, que, con la ayuda de donantes como la Fundación Leonardo DiCaprio, en la actualidad emplea a más de 70 guardas para vigilar la región, protegiéndola de los cazadores furtivos y de las plantaciones ilegales de palmera por igual. En 2014, Putra recibió el Premio Ambiental Goldman, un honor de $175,000 otorgado anualmente a un puñado de activistas que trabajan en todo el mundo.

El "Equipo de Protección de la Vida Silvestre" se prepara para otra jornada peligrosa de defensa contra los cazadores furtivos. Foto: Paul Hilton

De figura delgada (casi cóncava), con un sentido de la moda ascético de chancletas de goma y camisetas desgastados, y una voz suave, este padre de dos es una extraña mezcla de alto funcionamiento ejecutivo, profeta, y niño inocente. Empuñando un teléfono Samsung en una mano y un Nokia en la otra, hace malabares con llamadas de varios continentes pero se disuelve en risas al recordar su primer encuentro cara a cara con un rinoceronte. ("La primera vez que nos encontramos con un rinoceronte, ¡nuestro equipo simplemente salió corriendo! ¡Y el rinoceronte corrió para el otro lado!") En una reunión en un bungalow sobre unos pilotes al aire libre, Putra se sentó con las piernas cruzadas frente a 26 empleados vestidos con atuendos de "Equipo de Protección de Vida Silvestre" y habló con una tranquila autoridad sobre el trabajo del grupo, a menudo peligroso. "Recuerden que las personas que van al bosque a cazar furtivamente son nuestros amigos y familia," le dijo al grupo, cuyos miembros tienen edades entre 25 y 70. "No debemos odiarlos. Debemos ser gentiles con ellos y explicarles por qué no deben cazar."

Para el año 2009, Putra, que todavía acompaña a sus guardabosques en patrullas de 15 días cada mes, había comenzado a llevar motosierras a las plantaciones ilegales de palmeras en el norte de Sumatra. (Los funcionarios provinciales emiten permisos de "exploración" preliminares, con los cuales se espera que las empresas aseguren el consentimiento de las comunidades locales y preparen evaluaciones ambientales como requisitos para la autorización para el desarrollo. Muchos siguen adelante con la limpieza y la siembra sin cumplir con ninguna de las dos.) Pasamos una tarde nublada vagando por las colinas y zigzagueando entre las gigantescas hojas de las palmeras para llegar a un grupo de árboles en una parcela de 2,600 acres en la franja oriental del Leuser. Seguidos por un puñado de niños curiosos y acompañados por 11 muchachos locales portando semillas de plátano, durián, y otras plantas—siembran cultivos autóctonos en los sitios donde se derriban palmeras oleaginosas—observamos el paisaje irregular de color verde fangoso. La única variación en el tono del paisaje eran las lunas pálidas de los troncos ya cortados. Uno de los muchachos encendió el motor de la motosierra y condujo su hoja de cinco pies sin descanso a través de la base de un enorme tronco. El gigantesco árbol cayó al suelo con un ruido sordo. A pesar de que no hubo resistencia en ese día en particular, Putra, que en este punto ha desmantelado 26 plantaciones ilegales—unos 7,500 acres de aceite de palmera—dijo que los enfrentamientos son una parte del trabajo. El apoyo de los policías locales es de ayuda, pero Putra y sus colegas se enfrentan habitualmente contra funcionarios locales y empresariales, uno de los cuales lo demandó por daños a la propiedad. (La plantación en cuestión se consideró ilegal y su propietario fue, en última instancia, expulsado ​​de la tierra.) "Todas estas personas siempre se enojan conmigo," dice encogiendo los hombros.

Otra vez fuera de los límites de las plantaciones, me detuve a charlar con un local llamado Ngatimen. A finales de 1990, me dijo, él y los demás aldeanos plantaron palmeras oleaginosas en una sección del bosque que había sido previamente talada. (Los pequeños productores, quienes venden a las fábricas locales para ser absorbidas con el tiempo por empresas de suministro más grande, representan aproximadamente el 40 por ciento de la producción de aceite de palmera de Indonesia.) "No hicimos un análisis de costo-beneficio," dijo. "Pensamos que venderíamos la fruta fácilmente." Cuando los precios del aceite de palmera cayeron a nivel global en 2012, los aldeanos luchaban por alimentar a sus hijos. Desde ese entonces, han destruido las palmeras y las han reemplazado con árboles de limón, naranja y madera dura. Pero la comunidad, cuyos habitantes se encuentran entre los 4.5 millones de habitantes de Sumatra que dependen del Leuser para obtener agua y alimentos, continua sufriendo los efectos nocivos de la industria. Las inundaciones repentinas se han vuelto más frecuentes gracias a la erosión, y las incursiones de fauna no deseada se han convertido en algo común. Aunque las empresas de aceite de palmera proveen un número moderado de puestos de trabajo cuando entran en una comunidad, el trabajo tiende a ser de salario muy bajo, con pocas oportunidades de ascenso. (Los trabajadores de aceite de palmera en Kalimantan han confesado haber cazado furtivamente pangolines—un animal similar a un oso hormiguero que se encuentra en peligro de extinción—por la noche con el fin de complementar sus pobres salarios de trabajo diario.) Antes de que se establecieran las empresas de aceite de palmera, cuenta Ngatimen, "solía haber todo tipo de aves. Ahora hay que viajar muy lejos hacia las montañas para escuchar algo."

Cálaos Ceñidos fotografiados en el Ecosistema de Leuser. Foto: Paul Hilton

Putra estaba determinado a que yo pasara algún tiempo en una parte del Leuser conocida como Ketambe ("el lugar más bello del mundo," había dicho por correo electrónico), en donde una estación de investigación de 30 años de antigüedad acoge a los científicos que estudian la rica biodiversidad del área. Si bien gran parte de la región circundante fue talada hace cuatro décadas, el aislado corazón de Ketambe sigue, afortunadamente, intacto. Después de un vuelo de 40 minutos hacia el sur desde la capital provincial de Banda Aceh (sitio del devastador tsunami de 2004), con las ondas verdes del Leuser asomándose en el horizonte, aterrizamos en un valle en donde se hallan unos pocos pueblos dispersos. En nuestro recorrido por las carreteras sinuosas, pasamos esteras de nueces de la India secándose al sol y grupos de niñas yendo a la escuela en camisas de manga larga y pañuelos a juego—evidencia de la fuerte tradición musulmana presente aquí en la punta de la isla.

Una canoa nos llevó a través de un río rápido, dejándonos en la arena, y nos dirigimos hacia la casi oscuridad del bosque. Pasando por encima de troncos caídos y hojas en diferentes etapas de deterioro, navegamos a través de una maraña de diversos troncos cuyos diámetros van desde un octavo de pulgada a seis pies. Una higuera estranguladora de un siglo de antigüedad, cuyas raíces individuales se entremezclaban en un gran todo, alcanzaba heroicamente el sol. En un momento vimos un orangután—una hembra de 15 años de edad, de nombre Kelly nos dijeron—descansando a unos 70 pies por encima de nosotros. Después de observarnos durante más de 10 minutos, estiró un brazo naranja (el tronco delgado que la sostenía se dobló como en los dibujos animados a causa de su peso) y se balanceó para agarrar una rama adyacente. El zumbido de las cigarras, el hilo de agua sobre las rocas. Trino. Chirrido. Graznido. El lugar era un torbellino de vida, ciempiés mármol negro por aquí, mariposas azafrán por allí. (Y sanguijuelas por todos lados.)

Un enorme faisán gris con una cola larga y una cabeza pequeña—un Argos Real—trepó a través de la maleza, seguido por una pequeña Tordina de Horsfield de estómago gris. Desde muy por encima llegó el silbido de una Irena Dorsiazul y el rápido tu- trruk, ku-trruk de un diminuto Barbudo Orejigualdo.

Un Bulbul Ojiblanco hacía alarde de sus fabulosas alas verde-amarillas. Pero fue un sonido rítmico, similar al de un helicóptero, el que nos detuvo. Levantamos la vista hacia las copas de los árboles y observamos un par de Cálaos Gorginegros. En otro momento, dos Cálaos Arrugados montaron un espectáculo, volando en rápida sucesión mientras uno alimentaba con higos al otro. Debido a sus cuerpos negros y faldas blancas, parecen camareras en el cielo. El escurridizo Cálao de Yelmo no llegó a materializarse—no es sorprendente, teniendo en cuenta sus pocas cantidades—como lo hizo su primo con casco, el Rinoceronte. Aunque el "marfil" de este último es hueco, el ave también ha sido víctima de los cazadores furtivos, muchos de los cuales la confunden con sus presas con casco; se estima que la población de Cálaos Rinoceronte de Indonesia ha caído a menos de 3,000.

De vuelta en las afueras del Leuser, Putra y yo salimos una mañana a investigar un poco de humo que habíamos notado el día anterior, el cual sospechábamos que se elevaba desde el interior del parque nacional. Después de una hora de deambular por caminos de tierra y, como parece inevitable, perderse en medio del laberinto que es una plantación de palmeras oleaginosas (el humo se elevaba desde el lado más distante), Putra marcó algunos números en su Nokia y un hombre llamado Pranyoga pronto apareció en una motocicleta roja. "Él es el mejor de mis espías," dice Putra. "Yo lo llamo 'el hombre sin miedo.'" Pranyoga, quien creció en las inmediaciones de un bosque que ya ha sido suplantado por palmeras, ha trabajado con Putra durante 16 años, sirviendo de enlace con la comunidad y vigilando las idas y venidas, a menudo ilegales, de la industria. A pesar de que ha sufrido repetidas amenazas contra su vida, él dice que está decidido a garantizar que sus propios hijos tengan la oportunidad de apreciar los elefantes, los osos malayos, los orangutanes, los cálaos, y las urracas que recuerda de su propia infancia.

Nuestro conductor siguió la motocicleta de Pranyoga hacia todas partes y por un sinfín de curvas, hasta que finalmente alcanzó una cresta y pudimos observar un panorama pintado de negro. Caminando a través de la ceniza aun ardiente, Putra estima que el incendio se había iniciado una semana antes—unos 150 acres de bosques de tierras bajas secundaria fueron incendiados. Los culpables, se imaginó, eran locales hambrientos que buscaban cultivar caucho y cacao—tal vez incluso algunas palmeras oleaginosas—como fuente de ingresos. Caminamos a través de los tocones carbonizados y sobre el cadáver color beige y canela moteada de un pitón de Birmania. A pesar del sonido del quiebre de ramas frágiles y helechos tostados, notamos una disonancia extraña en el aire agradable, con aroma a sándalo de la India. "El gobierno dice que no tiene el presupuesto," dice Putra. "Pero podríamos evitar esto si se preocuparan por él." (A pesar de numerosas peticiones, Siti Nurbaya, Ministro de Medio Ambiente y Bosques de Indonesia, se negó a hacer comentarios para este artículo.)

Durante las próximas décadas, los incendios en los bosques de palmeras podrían generar la liberación de 200 mil millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Foto: Paul Hilton

Con el tiempo, las hojas de los árboles secos comenzaron a rasparse y el aire comenzó a llenarse de humo. "¡Jocelyn, mira!" Putra llama, apuntando a una masa de color naranja cada vez más grande en la distancia. Las hambrientas y salvajes llamas se acercaban de manera constante hacia nosotros, con chasquidos y estallidos, a medida que las cenizas comenzaban a flotar como blancos copos de nieve. Con el humo llenando nuestros pulmones y ardiendo nuestros ojos, nos apresuramos hacia el coche y, manchados de negro, huimos lejos del calor. Mientras salíamos, pasamos aún más plantaciones industriales dentro del parque nacional. "Espero que este fuego llegue a las palmeras," Putra comentó a nadie en particular.

Como el mundo sabe ahora, los incendios en Sumatra con algo común. En 2015, incendios atribuidos a plantaciones de palmeras oleaginosas en la isla y en Borneo destruyeron más de seis millones de acres de bosque, cubriendo de bruma una franja del sudeste asiático, desde Yakarta hasta Bangkok, durante semanas y enfermando a cientos de miles de personas en toda Indonesia, Malasia y Singapur. El Banco Mundial estimó las pérdidas económicas de los incendios en $16 mil millones. (Sin embargo, no se cuantificaron los nueve orangutanes que se quemaron hasta la muerte ni los otros más de 100 que se encontraron atrapados o vagando cerca de los pueblos.) La composición única del suelo hace que los incendios sean casi imposibles de extinguir—pueden arder y emitir carbono durante décadas. Los científicos han dicho que con el fin de limitar el calentamiento a 2°C, el mundo no puede emitir más de 600 millones de toneladas de gases de efecto invernadero de aquí al 2050. Las emisiones de carbono de las turberas de Indonesia por sí solas, si se liberan en forma de CO2 a la atmósfera, equivalen a un tercio de dicho presupuesto restante.

Sin decir menos, las conflagraciones imposibles de negar han avergonzado al gobierno de Indonesia. En Abril, unos días antes de que las naciones de todo el mundo se reunieran para firmar el Acuerdo Climático de París, el presidente Joko Widodo anunció una moratoria nacional sobre nuevos permisos de aceite de palmera. Indonesia "no debe permitir que nuestra selva tropical desaparezca a causa de monocultivos como los de palmera oleaginosa," había declarado algunos meses antes. Con mejores semillas y un aumento de la productividad, dijo, el país debería ser capaz de mantener su industria de aceite de palmera sin continuar la destrucción generalizada.

Un orangután huérfano joven se aferra a su jaula en la propiedad de un comerciante de especies silvestres en el Leuser. Un cazador furtivo puede cobrar hasta $250 por un orangután de este tamaño. Foto: Paul Hilton

Putra tiene la esperanza de que la presión pública también pueda ayudar a salvar el Leuser en peligro. En Abril, el activista acompañó a Leonardo DiCaprio en una visita a la región, y el actor respondió exhortando a sus entonces 15.8 millones de seguidores en Twitter a firmar una petición para exigir que el presidente Widodo cancele una propuesta de "plan espacial" que ignora la protección del Leuser contra el desarrollo por parte del aceite de palmera y otras industrias. Los funcionarios del gobierno acusaron a DiCaprio de montar una "campaña de difamación" con el objetivo de desacreditar la industria del aceite de palmera y amenazaron con echarlo fuera del país. Dos semanas más tarde, sin embargo, el ministro de Medio Ambiente, Nurbaya, declaró un compromiso para hacer cumplir la moratoria nacional en el Leuser y dijo que el gobierno revisaría todos los permisos existentes relacionados con la reserva.

"No hay ninguna garantía del resultado", dijo Gemma Tillack, directora de campaña de agroindustria para la Rainforest Action Network, con sede en San Francisco, que trabaja para preservar la Leuser, "ya que no hay transparencia en torno a cómo se realizará la moratoria." Su organización tiene la intención de luchar por un plan revisado, así como por establecer un órgano de gestión encargado exclusivamente de la protección del Leuser. Putra, por su parte, está decidido no solo a obtener la cancelación del plan y revocar todos los permisos ilegales, sino también a conseguir que se replanten 250,000 acres de la reserva con especies nativas.

Mientras tanto, la gente de Aceh continuará haciendo lo que sea necesario para vivir. Los tres cazadores furtivos que conocí en Tamiang, todos ellos "excombatientes"—veteranos del movimiento de independencia y, como la mayoría de sus antiguos compañeros de armas, sin educación y mal preparados para el empleo formal—probablemente estén planeando su próxima incursión de tres semanas en el bosque en busca del precioso Cálao de Yelmo. Ellos no entienden la obsesión particular de los compradores chinos con estas aves—han oído que utilizan los cascos para joyería o como juguetes para sus hijos—pero saben que hay un mercado listo. "En el momento en que se desciende de la montaña," explicó nuestro anfitrión, "alguien vendrá de inmediato y llevará los cascos a Medan." La venta de un solo pico, agregó, será suficiente para alimentar a tres familias durante un mes. "Cualquiera que sea la razón por la que los quieran," intervino el dueño del arma, "vamos a venderlos. Si hubiera un trabajo más fácil, sobre todo si no fuera ilegal, por supuesto que escogeríamos eso."

De hecho, él había utilizado dinero extra para ajustar su fusil para que dispare perdigones de 5.5 milímetros. Los estándar de 4.5, dice, tienden a no matar a los cálaos al impacto, y él y sus amigos no pueden soportar ver sufrir a las aves.

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Consejos Sobre Cómo Encontrar Productos Virtuosos de Aceite de Palmera

Aunque es casi imposible evitar el aceite de palmera en su vida diaria, puede ayudar a asegurar que los productos que compra no contribuyan al cambio climático y aceleren la desaparición del Cálao de Yelmo. Rainforest Action Network realiza un seguimiento de la industria de cerca, y publica informes anuales acerca de "The Snack Food 20"—empresas que controlan algunas de las marcas de dulces y frituras más conocidas del mundo—y sus compromisos con el uso de aceite de palmera libre de conflicto. (Además de impulsar la deforestación, la industria ha sido implicada en abusos laborales y de apropiación de tierras generalizados.) Aquellos que obtuvieron una alta calificación en el informe de 2015 fueron de Mars, Smucker’s, General Mills, Kellogg’s, Nestle, Dunkin’ Brands, Hershey’s, y Krispy Kreme. Los rezagados incluyen Campbell’s, Tyson Foods, los fabricantes de ramen Nissin Foods y Toyo Suisan Kaisha, PepsiCo (Doritos), y KraftHeinz Company.

De modo similar, Greenpeace publica una lista de calificación llamada Tarjeta de Puntuación de Aceite de Palmera, la cual realiza un seguimiento de las marcas de alimentos y artículos de cuidado personal sobre los progresos en la mejora de sus cadenas de suministro. Los líderes de esta última categoría incluyen a Unilever, mientras que Colgate-Palmolive se encuentra rezagada. Ambos grupos también encabezan campañas de acción social destinadas a hacer a las empresas y los gobiernos responsables; sígalos en Facebook y Twitter para unirse a las últimas peticiones y campañas.

 

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