El recientemente restaurado Cabo Caminada, un sistema de islas que forman una barrera de trece millas de longitud, protege la costa de Luisiana contra las tormentas tropicales. Foto: Ben Depp

Conservación

Luisiana está restaurando su barrera de islas para defenderse contra huracanes y el ascenso del mar

Los fondos por el derrame de petróleo de Deepwater Horizon están fluyendo hacia el estado para financiar un trabajo de restauración sin precedentes a lo largo de la vapuleada costa... Justo a tiempo.

Las islas barrera de Luisiana no parecen gran cosa. Decenas de masas largas y angostas forman una cadena floja alrededor de la línea costera del sur del estado, y muchas solo se elevan apenas unos metros sobre la superficie del mar. La erosión es un enemigo inevitable para cualquier expansión arenosa, pero en los últimos años estas islas han empezado a contraerse a una velocidad alarmante, tan rápido que características de miles de años de antigüedad podrían desaparecer por completo a finales de siglo. Perder estas briznas de tierra sería desastroso. Sin ellas, poderosas tormentas azotarían las ciudades costeras, los puertos marítimos y los humedales. Las mansas aguas detrás de su frente protector desaparecerían, así como los viveros donde se reproducen y crecen peces, camarones, cangrejos y ostras, y donde cien millones de aves viven, anidan o se detienen a descansar y reabastecerse en sus vuelos migratorios de largas distancias.

Luisiana está en una carrera contra el tiempo, según el Gobernador John Bel Edwards. "Si no restauramos esta barrera, peligra nuestro futuro", me confesó. "Esa tierra es la primera línea de defensa. No podemos exponernos a una situación en la que el Golfo de México ‘se trague’ los diques de Nueva Orleans".

Las causas de esta desaparición son muchas y conocidas. Los canales de las industrias de petróleo y gas han fragmentado los humedales costeros, lo que ha permitido que surja agua salada tierra adentro y que las islas queden la deriva, separadas de las costas que normalmente abrazan. La canalización del río Misisipi ha agotado a los humedales de sedimento, su elemento más básico, y ha arrastrado gran parte de la arena que de otro modo estaría engrosando la barrera muy adentro del Golfo de México. Es más, la costa de Luisiana está cediendo de manera natural mientras sube el nivel del mar; el agua está ascendiendo a un centímetro y medio por año e inexorablemente devora la costa aún más. Y se suman las numerosas tormentas y el derrame de petróleo de BP, que han apaleado las islas. Mientras el clima siga calentándose, se proyecta que el nivel del mar ascienda más de dos metros para el año 2100, y más tormentas intensas harán destrozos en las islas, lo que provocará que las fauces acuosas del Golfo de México se expandan y dejen a la costa y sus habitantes cada vez más expuestos.

Después de años de esfuerzos sin coordinar para detener la pérdida de tierras costeras, Luisiana ahora tiene un plan maestro. La Autoridad de Protección y Restauración Costera (CPRA, por sus siglas en inglés), formada en 2005 en respuesta a los nefastos destrozos ocasionados por los huracanes Katrina y Rita, ha creado una agenda de restauración detallada, cuya última reiteración fue aprobada en junio por la legislatura del estado. Dos de los componentes más importantes del plan son reconstruir los sistemas de barreras y diseñar cortes intencionales en el sistema de diques del Río Misisipi para permitir que el río, tan cargado de sedimento, reponga y reconstruya los humedales costeros. Es un emprendimiento colosal, y el proyecto de restauración costera más grande de la historia estadounidense. Rediseñar la vasta extensión de la barrera y los humedales de Luisiana, y construir otra infraestructura protectora como muros y diques de defensa contra inundaciones, costará 50 mil millones de dólares o más en los próximos cincuenta años.

En un giro irónico, el derrame de petróleo de BP de 2010 ha permitido que este plan astronómicamente costoso empiece a implementarse. Luisiana recibirá 7.100 millones de dólares para trabajos de restauración por el pago de multas por parte de los responsables de Deepwater Horizon, que provocó la muerte de once personas y vertió 4,9 millones de barriles de petróleo crudo en el Golfo. Existen varias fuentes de financiamiento relacionadas con el desastre, incluso más de $810 millones provenientes de los fondos de la Ley RESTORE (por su significado en inglés, "Ley de Recuperación"), una parte de los cuales empezarán a fluir este año; cinco mil millones de dólares de la Evaluación de Daños de Recursos Naturales (NRDA, por sus siglas en inglés), y casi 1.300 millones de dólares del Fondo para el Beneficio Ambiental del Golfo de la Fundación Nacional de Pesca y Vida Silvestre (NFWF, por sus siglas en inglés).

Luisiana ya ha comenzado las obras de restauración, para lo que utiliza los fondos por el derrame de petróleo de BP y otros recursos. Los dirigentes saben que está todo en juego. "Nuestras acciones en las próximas dos décadas", dice el plan maestro, "determinarán si sobrevive la costa de Luisiana". Su supervivencia es importante no solo para la gente y la vida silvestre locales. Todo estadounidense que carga combustible en su vehículo, usa plástico o come camarones, está utilizando un producto que bien puede haber sido extraído, forjado o cosechado en la costa de Luisiana. Sin un sistema de barrera saludable, todo esto está en riesgo.

 

En un remoto laboratorio marítimo de Luisiana, el geólogo costero Alex Kolker abre Google Maps y describe cómo la barrera del estado comenzó a existir. Hace un acercamiento sobre la imagen de South Pass, ubicado a alrededor de 160 kilómetros al sudeste de Nueva Orleans. Allí, un brazo largo del Misisipi ingresa al Golfo de México. El agua fresca se frena al chocar con el océano, explica Kolker, y sedimentos más pesados, como la arena, caen, lo que crea una pila masiva. El viento y las olas golpean la pila y forman una línea larga y delgada. "Esta es la protobarrera", continúa Kolker, explicando que este es también es uno de los pocos lugares de Luisiana donde el Misisipi todavía está generando tierra.

En un período de varios cientos de años, la protobarrera se convierte en una barrera madura con una playa ancha, una tira de dunas y pantanos de fondo. La capacidad del Misisipi de depositar sedimentos y arena literalmente ha construido el sudeste de Luisiana, tanto los humedales costeros como la barrera de islas. Aproximadamente una vez cada mil años, el río cambia su curso de modo natural, y envía el sedimento por un nuevo camino. Una vez que el río se traslada, los pantanos y las islas a lo largo del trecho antiguo empiezan a erosionarse hacia el mar. A nivel histórico, el río creó tierra en el área recién inaugurada y Luisiana siguió creciendo, pero el Cuerpo de Ingenieros del Ejército y otros han obstruido el Misisipi con presas y trabas, y los canales y diques han contribuido a canalizar su rico sedimento hacia el mar, en lugar de permitir que se acumule a lo largo de la costa. "Salvo que haya un apocalipsis zombi, no creo que volvamos al estado natural en ningún punto del milenio previsible", dice Kolker. "En realidad, los seres humanos son el mayor factor de influencia de los procesos naturales del planeta en la actualidad".

El plan maestro de Luisiana reconoce esa realidad. "Sabemos que nuestra costa cambiará, pero tenemos dos opciones", comenta Bren Haase, uno de los principales desarrolladores del plan. "Podemos permitir que se degrade y desmorone y tolerar ese dictamen donde vivimos y en lo que hacemos con nuestra costa, o podemos controlar ese cambio, y eso es lo que estamos intentando hacer".

Ilustración: Katie Peek

La CPRA en la actualidad está emprendiendo proyectos en la Cadena de Barreras de la Cuenca Barataria y en los humedales de Luisiana. El costo total será de aproximadamente 500 mil millones de dólares, y los fondos provendrán de las multas por el derrame de petróleo de BP: $7,3 millones de la Ley de Restauración, $153,6 millones de la NFWF y $318 millones de la NRDA. Cientos de millones de yardas cúbicas de arena, recogidas costa afuera, reconstruirán las playas, dunas y los hábitats de pantanos tras la barrera, para permitir que estas islas vuelvan a servir como amortiguadores importantes una vez más.

Construir más de mil acres de un hábitat de barreras, dunas y playa en la Isla de Elmer incluyó llevar 9 millones de yardas cúbicas de arena. Foto: Ben Depp

En marzo la CPRA finalizó su proyecto de restauración de barreras más grande hasta el momento, en Cabo Caminada. Este sistema de barreras de trece millas de largo ofrece una protección vital para el puerto petrolero vecino, Fourchon, e incluye la Isla de Elmer, una playa popular para pescadores de caña y avistadores de aves. Aunque Caminada quedó fuera de la zona de destrucción del huracán Katrina, la Isla de Elmer fue azotada por el huracán Rita en 2005 y una vez más por el huracán Gustav en 2008. En 2010 llegó a las costas petróleo de las fugas del pozo Macondo de BP, para unir las playas con bolas de alquitrán pegajoso del diámetro de platos de té, que sofocaron los pantanos interiores con mugre negra tóxica. Luego, en 2012, atacó el huracán Isaac. Estos fenómenos devastaron el cabo. Las olas de huracanes y los arrebatos de las tormentas devoraron las playas, lo que provocó una extensa pérdida de costas, y los potentes vientos y el oleaje desprendieron los humedales.

Una cálida mañana de abril llegué a la Isla de Elmer en busca de frailecillos de Wilson. Me uní al director de conservación de aves de Audubon Luisiana, Erik Johnson, y a dos técnicas costeras de temporada, Sarah Bolinger y Melinda Averhart. Audubon Luisiana ayudó a orientar sobre qué proyectos debería priorizar el plan maestro, según factores como dónde buscan comida y se reproducen las aves migratorias, y los relevamientos de sus aves costeras ayudarán a evaluar cómo responden las aves al trabajo de restauración. Este día primaveral, recién están llegando los frailecillos de sus misteriosas tierras de invernada en Centroamérica, y el equipo de Johnson está buscando parejas de apareamiento para marcar, los charrancitos americanos que también controlarán todavía están en viaje. "Antes de la restauración, estábamos metidos en agua hasta el pecho", cuenta Johnson, mientras hace gestos hacia la enorme playa sobre la que estamos parados.

Erik Johnson marca un charrancito americano adulto. Él y su equipo de Audubon Luisiana marcan solo un pequeño subgrupo de ejemplares de cada colonia a fin de minimizar las molestias a las aves que nidifican. Foto: Mike Fernandez/Audubon

El proyecto de 216 millones se financió en gran medida a través de las multas penales que pagaron BP y Transocean, propietario de la plataforma Deepwater Horizon. Los obreros dragaron nueve millones de yardas cúbicas de arena de un banco a casi 50 kilómetros costa afuera, la llevaron en barcazas hasta la costa y la bombearon mediante tuberías en la playa, para crear 1.059 acres de barreras, dunas y un hábitat de playa nuevos. Johnson me muestra cómo se están expandiendo estas dunas de poco más de 2 metros de altura, gracias a la contención que atrapa la arena. Señala una planicie arenosa detrás de las dunas que lleva a un pantano exuberante. Garcetas rojizas, diezmadas por los cazadores de plumas a fines de 1800 pero que ahora están protagonizando el regreso gracias a los esfuerzos de conservación que hace Audubon, corren veloces a través de los terrenos bajos, saltan al aire y atrapan peces. Gorriones sabaneros marinos, pollos de mangle, garcetas tricolor y chotacabras zumbones anidan en el pantano interior, donde cenan abundantes cangrejos europeos, arañas y otros invertebrados marinos, y, en el caso de los chotacabras, insectos voladores.

"A los frailecillos les encanta el lugar donde la playa se junta con el pantano", precisa Johnson, mientras señala la amplia planicie arenosa. Con toda seguridad, más tarde esa misma mañana atraen un par de frailecillos con un cebo de barro casero y un teléfono inteligente con una grabación de un polluelo en problemas. Atrapan al dúo con una red de niebla y los marcan como parte de su trabajo de seguimiento de la población de frailecillos mientras va madurando la playa recién restaurada. "La gran pregunta es cómo responden las aves individuales y sus poblaciones locales al nuevo hábitat generado por la restauración costera", comenta Johnson. En el transcurso de la temporada de reproducción, su equipo registrará alrededor de 500 parejas de charrancitos americanos en proceso de nidificación y treinta parejas de frailecillos de Wilson en esta playa restaurada.

Parece que, si se reconstruyen las dunas de las barreras, las aves vendrán. Sin embargo, ese esfuerzo titánico por sí solo no alcanza para asegurar que prosperen. Johnson distingue huellas de coyote en la misma área del pantano donde estuvimos marcando frailecillos. "El éxito de los nidos del año pasado aquí fue terrible", añade. "En gran medida se lo atribuimos a la depredación de los huevos por parte del coyote". Para evitar el mismo destino esta temporada, Bolinger y Averhart instalarán casi media milla de cercas eléctricas alrededor de las áreas y dedicarán innumerables horas a volver a colocar los postes que caen en la arena resbaladiza. También hablarán con centenares de visitantes de la playa acerca de la importancia de respetar las áreas aisladas con cercas y asegurarse de que sus perros también las respeten. Cuando las aves son jóvenes y frágiles, cada pequeña ayuda suma.

Un charrancito americano adulto. La especie sufrió mucho el efecto del huracán Cindy. Solo sobrevivió un cuarto de los polluelos de Elmer; en otros lugares, casi todos fueron aniquilados. Foto: Mike Fernandez/Audubon

Cada pescador tiene su lugar favorito. Jerry Gonzáles está junto a un tronco de árbol caído en un pantano interior a treinta minutos del centro de Nueva Orleans. Para llegar allí, hay que conducir hacia el este por la Avenida St. Claude, pasar por un estudio de danza de un vecindario popular y una franja de restaurantes nuevos antes de atravesar un canal y seguir por Lower 9th Ward, el vecindario de Nueva Orleans reconocido por su música —Fats Domino creció allí— así como por la inundación devastadora durante el huracán Katrina. Cruzamos por la zona pantanosa y rural de St. Bernard Parish en una autopista local, giramos para alejarnos por una carretera rural y estacionamos. Seguimos un sendero borroso a través de densos matorrales para llegar al tronco de Gonzáles. "Me encanta este lugar", me asegura, y respira profundo el aire fresco. Viene para escaparse del ruido y el ajetreo de la ciudad, y para pescar los favoritos locales como la gallineta, la corvina pinta, la corvina y el sargo chopa, que muchas veces lleva a su regreso para regalárselos a sus amigos de Faubourg Marigny, un pintoresco vecindario de dos siglos que bordea el Barrio Francés.

Esa es la costumbre de Nueva Orleans, es la costumbre de Luisiana, y como la costa del estado se está resbalando hacia el mar, es un estilo de vida que corre mucho peligro. Los pantanos cerca del lugar de pesca de González están siendo víctimas de la desaparición épica de Luisiana, que de a poco se está erosionando en Breton Sound. Salvar la lozana y cercana Bahía Barataria es una de las partes más ambiciosas de todo el plan maestro.

La propuesta para el Desvío de Sedimento de Breton Medio está ubicada en el banco este del Misisipi, casi a 48 kilómetros río abajo de Nueva Orleans, y a 110 kilómetros más allá de Head of Passes, donde el río se divide en tres flujos separados que lo llevan al Golfo de México. El proyecto creará una entrada controlada en el sistema de diques del Río Misisipi —treinta y cinco mil pies cúbicos por segundo, o casi seis por ciento del caudal del Misisipi— para fluir en Breton Sound, cuyos pantanos costeros se están fracturando hasta el olvido. Breton Sound ha perdido más de 414 kilómetros cuadrados de tierra desde 1932, y los lugareños relatan una y otra vez que lo que solía ser un pantano, ahora es agua. El desvío introducirá aproximadamente 70 millones de toneladas de sedimentos nuevos en un período de 50 años, para funcionar como base para la formación de miles de acres de nuevos humedales, que serán el hábitat de cangrejos y peces que los pescadores como Gonzáles premian, así como de pelícanos, charrancitos, gaviotas, garzas, garcetas, patos y otras aves acuáticas, y ofrecerán una sólida protección contra los huracanes para las áreas interiores adyacentes, incluida Nueva Orleans.

Otro proyecto propuesto, el Desvío de Sedimento de Barataria Media, construirá una estructura de compuertas en el dique del banco oeste del Misisipi, unos kilómetros al sur del desvío de Breton. Canalizará una pequeña parte del río hacia la Bahía Barataria, que ha perdido más de 1,2 millones de kilómetros cuadrados de humedales costeros desde 1932.

En total los dos proyectos de desvío costarán dos mil millones de dólares. Crearán o mantendrán tanto como cuarenta y siete mil acres de humedales y tierra, y reducirán la pérdida de tierras hasta un 65 por ciento. Los proyectos de esta magnitud pueden lograrse gracias al enorme caldero de dinero que se programa que Luisiana recibirá por el derrame de petróleo de BP. "Es la primera vez que seremos capaces de implementar proyectos costeros a tan gran escala y empezar de verdad a recrear tierras en Luisiana", comenta la gerente de comunicaciones de Audubon Luisiana Lauren Bourg.

El Gobernador Edwards está presionando para empezar los proyectos de desvío tan pronto como sea posible. En marzo le envió una carta al Presidente Trump para solicitarle que acelere los desvíos de Breton Medio y Barataria Media, así como otros tres proyectos de la CPRA, pues todos atravesarán un dique federal y requerirán permisos especiales. La rapidez hará que los proyectos sean la prioridad máxima para los organismos regulatorios, lo que los incitará a llevar a cabo las revisiones ambientales y estructurales necesarias con prontitud. "Si se acelera, la aprobación de estos proyectos podría demorar dos a tres años", aclara la vicedirectora de Audubon Luisiana Cynthia Duet. De otro modo podrían demorar muchos años, un tiempo que Luisiana no tiene. Trump todavía tiene que responder la solicitud del gobernador.

Aunque Trump no ha demostrado ningún apoyo a las costas estadounidenses. Para que el plan maestro de Luisiana tenga éxito, el estado necesitará dinero de otras fuentes de financiamiento, no solo de las relacionadas con BP, lo que significa contar con calderos de financiamiento recurrentes cada año, que provean alrededor de 25 millones de dólares anuales, y con los ingresos por petróleo costa afuera de la Ley de Seguridad Energética del Golfo de México (GOMESA, por sus siglas en inglés), que generan aproximadamente 176 millones de dólares anuales que Luisiana designa para financiar las actividades de restauración, protección e infraestructura costeras. GOMESA estaba en el bloque de recorte según el presupuesto propuesto de la Casa Blanca para 2018. Muchos legisladores de Luisiana se opusieron verbalmente al recorte; la ley se preservó en la versión de la Cámara del presupuesto, pero es una lucha que la delegación de congresistas de Luisiana probablemente enfrentará cuando se trate el presupuesto para el próximo año. "La restauración costera es un asunto de máxima importancia en Luisiana", asegura Brian Moore, vicepresidente de política del Golfo de México de Audubon. "Es tan importante como los impuestos y el control de armas".

Los arquitectos del plan maestro están avanzando a toda máquina mientras tienen respaldo político y económico. Cada barrera restaurada y cada humedal revivido aporta más hábitat de vida silvestre y mucha más protección contra las tormentas, y hace que el comercio y los productos y los ecosistemas y la gente del estado estén mucho más seguros.

Las técnicas en vida silvestre de Audubon Luisiana Sarah Bolinger (a la izquierda) y Melinda Averhart controlan aves en las playas recién restauradas. Foto: Mike Fernandez/Audubon

A fines de junio, la tormenta tropical Cindy empezó a arrastrarse hacia la Costa del Golfo. Al principio parecía como si pudiera desplegar todo su plumaje como un huracán y aporrear la Isla de Elmer. Erik Johnson estaba tenso. Las dunas recién restauradas se elevan a solo siete pies sobre el nivel del mar en su punto máximo; muchos charrancitos americanos y frailecillos de wilson nidificaban más abajo. "La tormenta tropical Cindy está aplastando Luisiana, y todas las playas costeras se están inundado con el oleaje de la tormenta", me comentaba por correo electrónico Johnson el 21 de junio. "Nuestros biólogos costeros en Grand Isle y Cameron Parish, así como el personal de nuestro Santuario Rainey, han evacuado debido a las amenazas de tornado y marea alta, que pone en riesgo a automóviles e inmuebles... Lamentablemente, estamos anticipando casi un fracaso completo de nuestras aves que nidifican en la playa". A primera hora del 22 de junio, Cindy llegó a la costa cerca de Cameron, Luisiana.

La tormenta no fue tan devastadora como se predijo. Los vientos máximos sufridos fueron de 64 km/hr, apenas lo suficientemente fuertes para que Cindy esté en la categoría de tormenta tropical, y el oleaje máximo de la tormenta alcanzó los 1,2 metros de altura. De todos modos, Elmer sufrió mucho el impacto. Cuando las técnicas Bolinger y Averhart regresaron cinco días más tarde, después de que bajó la inundación, vieron que toneladas incalculables de arena se habían agregado recientemente a las cantidades que se tragó el mar. Los poderosos vientos y las olas habían arrancado la cerca eléctrica que habían instalado solo un mes y medio antes. Sin embargo la tormenta no había ahogado a todas las crías, como Johnson había temido. Un cuarto de los polluelos de los charrancitos y 67 por ciento de las crías de frailecillos sobrevivieron. Otros sitios sufrieron pérdidas mucho peores; en algunos casos, la tormenta aniquiló a cada cría. La supervivencia en Elmer quizás se ha debido a la reciente restauración: La elevación más alta de la arena nueva puede haber protegido más a las aves y sus nidos.


En las semanas siguientes observaron que más charrancitos americanos empezaron a nidificar de nuevo, más tarde en esa temporada, de lo que Johnson jamás había presenciado. Los frailecillos ya habían terminado por ese año. Pero los rayadores americanos, que históricamente no anidaban en la isla, empezaron a aparecer después de Cindy. Primero un puñado, luego llegaron decenas, quizás porque las distantes islas costa afuera donde anidan estaban demasiado inundadas para regresar. Cualquiera sea el caso, a fines de julio casi 40 parejas de rayadores habían salido de los nidos en la golpeada playa, y alcanzaron una segunda oportunidad.

Cindy demostró la fragilidad de la barrera de Luisiana, donde un pie más de arena puede marcar la diferencia entre una isla ahogada y mantener un poco de tierra seca, lo que, en su momento, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte para una joven cría. Seguirán llegando tormentas y se separarán en la tierra, es natural. Pero si aportamos más resistencia al sistema, le dará a la costa —y a la vida silvestre y la infraestructura que soporta— una posibilidad mucho mejor de sobrevivir. Y así continúa la lucha por la costa de Luisiana. Y así debe ser.

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Conservación de las aves en todo el Golfo  

El compromiso de Audubon de proteger las aves en el Golfo de México empezó mucho antes del desastre de Deepwater Horizon y se extiende mucho más allá de Luisiana: es un esfuerzo de un siglo que se abarca los cinco estados del Golfo. Desde el derrame de petróleo de BP, la organización ha tenido un papel fundamental para asegurar que los fondos para la restauración que provienen de la catástrofe beneficien a las aves y el hábitat costero del que dependen. Desde la defensa de proyectos de conversación claves, hasta la realización de ambiciosas evaluaciones de aves para restaurar los sitios de reproducción, Audubon está ayudando a que las aves de todo el Golfo se recuperen y sobrevivan. —Andy McGlashen

Alabama

Birmingham Audubon se asociará con el estado para lanzar un programa de control y administración de las aves costeras, que entrena a voluntarios para vigilar sitios de reproducción claves de aves prioritarias a lo largo de las veinte millas de costa del Golfo, coordinado por Mobile Bay Audubon.
Aves que beneficia: correlimos gordo, costurero pico corto, chorlitejo blanco

Florida 

Audubon Florida y los capítulos locales participan en 283 proyectos de restauración costera. Además de controlar e investigar, la organización usa los fondos para restauración para adquirir y proteger la última porción de propiedad privada del Arrecife Lanark —una barrera prístina con abundancia de aves en las afueras de Panhandle— y salvar el hábitat de la erosión mediante la instalación de arrecifes artificiales en el Refugio de Aves del Banco de Alafia de Tampa, parte de la importante zona aviar de la Bahía de Hillsborough.
Aves que beneficia: rayador americano, frailecillo silbador, espátula rosada

Luisiana

En el estado más afectado por el derrame de BP, Audubon Luisiana ha abogado en defensa y ha intervenido para propulsar más de una docena de proyectos de restauración mediante Restore the Mississipi River Delta, una coalición de grupos conservacionistas. Audubon también está controlando aves en algunas áreas del proyecto, como los ochocientos acres de la recién creada y mejorada playa y dunas de Cabo Caminada.
Aves que beneficia: charrancito americano, gorrión sabanero marino, frailecillo de wilson

Misisipi

Con ayuda de más de doscientos voluntarios que participan en los programas de administración costera, Audubon Mississippi dirige esfuerzos continuos para controlar las aves costeras en 17 sitios a lo largo de 48 kilómetros de costa, protege el hábitat vital de aves acuáticas y educa a los visitantes de la playa sobre cómo proteger las aves vulnerables, así como cómo mantener los perros con correa y cómo evitar las áreas de reproducción.
Aves que beneficia: charrancito americano, frailecillo silbador, frailecillo de wilson

Texas

Audubon Texas protege las islas de colonias de grajos que ofrecen un hábitat de nidificación para muchas aves, incluso 60 por ciento de las garcetas rojizas del estado y 75 por ciento de sus ostreros comunes americanos. En la Bahía Matagorda, donde solo dos de dieciséis sitios de nidificación históricos todavía ofrecen un hábitat de reproducción para las aves, Audubon está trabajando para identificar áreas que podrían sustentar un nuevo hábitat diseñado. 
Aves que beneficia: ostrero común americano, pelícano pardo, garceta rojiza

 

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