Miembros de la Iniciativa para la Biodiversidad en una expedición en Bioko, Guinea Ecuatorial. Foto: Tristan Spinski

Despacho Especial

Tierra de las aves perdidas: la búsqueda de vida en el bosque de Bioko

Un equipo de científicos estadounidenses se adentra en la remota Guinea Ecuatorial, incluso a medida que el desarrollo desenfrenado amenaza sus espacios naturales plagados de aves.

Ningún letrero indica el inicio del sendero hacia uno de los últimos hábitats vírgenes de África. No lo vería de todos modos. Me encuentro apretujado dentro de una furgoneta de 11 pasajeros que lleva a 13 personas y un montón de mochilas mientras se dirige a ese punto sin indicaciones dentro de una reserva científica que se extiende en el extremo sur de Bioko, una isla tropical montañosa a 20 millas de la costa este de África central. Un antebrazo sudoroso se encuentra aplastado contra mi hombro sudoroso. Tres rodillas chocan mi espalda a través del delgado asiento. No me quejo: los maleteros detrás de mí llevarán el equipo de la expedición durante dos días a través de 18 duras millas hasta la Gran Caldera de Luba, un cráter volcánico cubierto de bosque pluvial, cuyas paredes de 7.400 pies de altura crean un santuario natural para una enrome variedad de vida silvestre. La docena de personas que realizan este arduo viaje cada año vienen, en su mayoría, a observar monos. Nuestro grupo se aventura dentro de este reino primitivo con el fin de documentar a sus habitantes menos conocidos, en especial las aves.

Si tenemos mucha, mucha suerte, me han dicho, veremos al picatartes cuelliblanco, un ave casi mítica cuya población mundial podría rondar tan solo 3.500 individuos. Si tenemos demasiada suerte, descubriremos una nueva especie.

Mapa: Mike Reagan

Justo en las afueras de Ureca, el único asentamiento en la costa sur de Bioko, nuestro conductor se detiene sobre la nueva ruta que divide la Reserva Científica de Gran Caldera de Luba de 200 millas cuadradas. Los maleteros, con sandalias en sus pies y enormes mochilas en sus espaldas, se dispersan y desaparecen en el bosque. El resto de nosotros —yo, cuatro científicos, un estudiante universitario ecuatoguineano, y un fotógrafo— nos colocamos nuestras mochilas y seguimos a dos guías por una ruta zigzagueante de ocho millas a través de densos bosques y a lo largo de playas de arena negra hasta Moraka, un campamento en donde media docena de voluntarios observan a los primates y las zonas de nidificación de tortugas marinas cada invierno. Aquí es donde pasaremos la noche. El sendero dentro del bosque está cubierto de casquillos de escopeta de cazadores furtivos que cazan monos, pequeños antílopes llamados duikers, y grandes aves tales como el cálao casquinegro. La caza es ilegal en áreas protegidas como esta, pero hay pocos recursos humanos para hacer cumplir dichas prohibiciones. Para acceder a donde los cazadores no van, un guía me cuenta que es necesario sufrir.

Comprendo lo que quiere decir al día siguiente, a medida que observamos la ladera del cráter. La única señal humana es el sendero enredado con raíces de 10 extenuantes millas y hasta 4.000 pies de elevación. Al parecer, los ecuatoguineanos no creen en los caminos serpenteantes. En el descanso a mitad de camino, Luke L. Powell, un ecologista de 34 años y especialista en conservación en el Centro Smithsoniano de Aves Migratorias, apenas parece cansado; se había tomado una píldora de cafeína. Jacob C. Cooper, un estudiante de maestría de la Universidad de Kansas de 24 años, quien recientemente modeló la zona de distribución de casi todas las especies de colibríes del mundo, se encuentra enumerando especies de aves utilizando sus binoculares. No puedo comprender una palabra: habla muy rápido, en latín. A mi lado, maldiciendo su hábito de fumar, se encuentra Jared Wolf, un ecologista investigador del Servicio Forestal de los Estados Unidos de 35 años que estudia los efectos del cambio climático sobre las aves. Su prometida (y la experta en mamíferos del grupo), Kristin Brzeski, una genetista de 32 años especialista en conservación que estudia coyotes en la Universidad de Princeton, realiza elongaciones de yoga.

Las paredes mismas de la caldera crean un refugio perfecto para la vida silvestre, protegiendo a las aves y a los mamíferos de la caza y la deforestación. Foto: Tristan Spinski

Es la primera expedición del grupo a la caldera, y el primer año de Brzeski en la agrupación Biodiversity Initiative. Los muchachos fundaron el grupo en el año 2013 con el fin de explorar las aves en Guinea Ecuatorial, un país que no cuenta con ningún ornitólogo profesional. Hasta ahora, sus expediciones anuales en Bioko y la franja de tierra firme entre Camerún y Gabón han aportado 11 nombres a la lista de aves del país, la cual cuenta con aproximadamente 400 especies. Esperan encontrar docenas más. A su vez, su objetivo es ayudar a fomentar la conservación en este país que está cambiando rápidamente, ya que la riqueza petrolera está impulsando un gran desarrollo.

Finalmente llegamos a la cima, y luego descendimos por la vertiginosa pared interior, sujetándonos de los postes anclados al suelo. Al fondo se encuentra nuestro último obstáculo: el río Ole. El agua recorre un antiguo camino de lava, saliendo del cráter por una impresionante cascada de 75 pies que concluye en el mar que se encuentra debajo. Nos encontramos en enero, plena estación seca, por lo que cruzamos el río con el agua a la altura de los muslos para llegar al Campamento Hormigas. De abril a octubre, cuando caen más de 30 pies de lluvia, el río se expande de manera impresionante, bloqueando todo acceso humano durante la mayor parte de la temporada de lluvias.

Utilizamos la última hora de luz para buscar al legendario picatartes. Wolfe abre camino hacia la cascada con el uso de un machete y seis de nosotros nos apretamos en un farallón de basalto del tamaño de una mesa para observar con nuestros binoculares el abismo de 40 pies de ancho hasta la pared de roca maciza más allá, donde un primatólogo vio aves en etapa de nidificación en marzo pasado.

“¿Cómo se empluman sus crías?” se asombra Wolfe.

“¿Con fe?” dice Powell.

El picatartes es un gran misterio. El ave es delgada y gris con una corona bermellón y camina de forma casi silenciosa, cazando insectos en los bosques de Guinea Ecuatorial, Camerún, Nigeria, y Gabón. Las veces que vocaliza, emite un sonido muy inusual para un ave, en forma de silbido, tosido o “ladrido de un perro pequinés”, según lo describió un observador. Oímos los graznidos malhumorados de los loros grises y las conversaciones de los monos colobus rojos. Nada similar al picatartes.

Exploraremos este sitio primordial durante ocho días. Brzeski colocará una enorme cantidad de cámaras con sensor de movimiento para documentar a la fauna escurridiza. El equipo se adentrará aún más en el cráter en búsqueda de aves, y seremos las primeras personas en pisar la caldera en un cuarto de siglo. Esta promesa de descubrimiento alivia la decepción de no haber visto al picatartes esta noche. “Eso hubiese sido demasiado fácil”, dice Powell. “Tenemos toda la semana”.

Años de trabajo con aves en el Amazonas le enseñaron a Luke Powell (arriba) a llevar un machete en los bosques tropicales y a colocar sus binoculares en un arnés que ayuda a que reboten menos en terrenos desiguales. Foto: Tristan Spinski

Guinea Ecuatorial es la clase de lugar por el que los biólogos enloquecen. Sus junglas en tierra firme contienen animales raros como picatartes, chimpancés, elefantes, y gorilas. Bioko es aún más intrigante. Es poco común que las islas estén repletas de primates y aves forestales, los cuales no suelen cruzar aguas abiertas y colonizar nuevas tierras. Bioko, sin embargo, fue parte de tierra firme hasta hace 12.000 años, cuando el aumento del nivel del mar cubrió lo que antes había sido una península. Es un arca en la cual sus habitantes han evolucionado completamente separados de sus contrapartes en tierra firme. Hoy en día, al menos dos de las especies de aves de la isla —Fernando Po Batis y Fernando Po Speirops— se encuentran solo aquí, y algunas de las tres docenas de subespecies aviares podrían considerarse especies únicas dignas de protección.

A pesar de su atractivo, la fauna aviar del país aún está muy poco estudiada. Los ornitólogos recién habían comenzado a realizar estudios sistemáticos cuando Guinea Ecuatorial se independizó de España en 1968. El caos se apoderó del país—cerraron escuelas, decayó la infraestructura, colapsó la economía, y un golpe de estado en 1979 puso a Teodoro Obiang Nguema Mbasogo en el poder— interrumpiendo la investigación ecológica durante dos décadas. La década de 1990 trajo estabilidad política, y los investigadores comenzaron a regresar. También llegaron las empresas petroleras luego de que se descubrieran grandes reservas oceánicas. El último abril, el presidente Obiang fue reelecto para su sexto período de siete años, superando a sus seis oponentes con un sorprendente 94 por ciento de los votos. Con su reino asegurado, está fomentando los planes petroleros con el fin de expandir la infraestructura de forma masiva. El más ambicioso es Oyala, la nueva capital que está surgiendo de los bosques lluviosos de tierra firme; a diferencia de Malabo, la capital actual que se encuentra en Bioko, no tiene riesgo de sufrir una tentativa de golpe de estado marítimo, como el de 2009. Ahora, con la disminución de la producción de petróleo, Obiang busca construir otras industrias, incluyendo el turismo ecológico.

Hoy en día, la mejor opción, y quizás la única, de un visitante para explorar la vida silvestre es a través del Programa de Protección de Biodiversidad de Bioko (BBPP por sus siglas en inglés), la organización para la conservación más antigua del país. Cuando la bióloga de conservación estadounidense Gail Hearn visitó por primera vez en 1990, los monos de Bioko la asombraron, lo cual la llevó a fundar el BBPP en 1998. Ahora es un emprendimiento en conjunto con la Universidad de Drexel en Filadelfia y la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial y es uno de los pocos grupos ecologistas presentes en el país. El programa estudia la biodiversidad de la isla, y muchos años de investigación documentan el consumo de animales silvestres y realizan un seguimiento de los primates y tortugas marinas en la Reserva Científica de la Caldera de Luba. Los campamentos en los cuales vivimos durante nuestra expedición, los senderos que seguimos, los guías y maleteros que contratamos, el permiso de entrada, fueron todos gracias al BBPP.

De izquierda a derecha: Amancio Motove Etingüe marca a un petirrojo selvático en la caldera; Maximiliano Fero, cuyos estudiantes de la Universidad Nacional, incluso Motove, han tomado cursos que parte la Biodiversity Initiative cada mes de enero en el Centro Moka de Vida Silvestre; una hoja muerta recolectada en la caldera; Asunción Ripeu Torao marcó a una nectarina durante el tutorial de este año. Fotografías: Tristán Spinski

Nadie se centró en las aves con la misma dedicación. La investigación aviar más extensa realizada hasta la fecha se llevó a cabo en Bioko y en tierra firme durante 100 días desde 1989 hasta 1992. El experto en aves tropicales de la UCLA, Tom Smith, tomó muestras de la ladera de la caldera en otra expedición, en junio de 1996; las condiciones húmedas hicieron que fuera imposible entrar al cráter. Los esfuerzos subsiguientes fueron esporádicos, a excepción de un proyecto continuo: desde 2011, el BBPP ha estado estudiando las aves atrapadas en el Centro de Vida Silvestre de Moka, la única estación de campo del país.

Esta historia irregular hace que el plan de Biodiversity Initiative de regresar una vez al año tenga un valor extraordinario, dice Drew Cronin, un primatólogo del BBPP que supervisa el estudio aviar del grupo. “No contamos con la experiencia que tienen ellos”, dice. “Jacob es como Rain Man de aves. Jared es experto en muda: puede determinar la edad de un ave por sus plumas. Y Luke cuenta con una gran conocimiento general sobre aves. Con seguridad podrán documentar más especies.

“El punto es que”, dice Cronin, “cuanto más sepamos sobre lo que hay allí, mayor será la ventaja que tengamos para protegerlo”. Tenemos poco tiempo, y no solo por el desarrollo. Los modelos climáticos prevén que las temperaturas aumentarán de forma drástica en África. “Todo se está volviendo confuso, y realmente no sabemos cuál será el impacto ecológico”, cuenta Smith. “Mientras más personas apoyen la conservación, mejor”.

Fue Cooper quien tuvo la idea de ir a Guinea Ecuatorial. Hace tres años, cuando era estudiante de grado en la Universidad Estatal de Luisiana en la carrera de ornitología y Powell era estudiante de posgrado allí, trabajaron juntos durante dos semanas en un proyecto sobre las candelitas norteñas cerca del remoto Cockpit Country de Jamaica. Aunque era la primer visita de Cooper, mientras se encontraba avistando aves, contó muchas más que Powell, quien ya había estado allí para una investigación acerca de las reinitas de manglar. Cooper se había preparado antes del viaje, memorizando especies y sus cantos, y estudiando características del país durante la noche. “Este muchacho es de fiar”, recuerda haber pensado Powell. Una tarde, mientras observaban el hábitat intacto, charlaban sobe otras investigaciones de aves en otros lugares poco conocidos. Cooper, quien administra la lista de verificación de eBird para África Central y aprueba las entradas a la base de datos aviar en línea, mencionó que Guinea Ecuatorial no tenía ninguna entrada. En su hogar, la investigación de Powell confirmó la falta de información aviar y reveló que los ecuatoguineanos hablan español, idioma que él habla con fluidez. “Fue como: '¡Rayos! Tenemos que ir'”.

Reclutó a Wolfe, un estudiante de posgrado de LSU y fundador del Observatorio de Aves de Luisiana, donde Cooper participó como voluntario. “Es un gran ornitólogo”, dice Powell sobre Wolfe. “Y necesitaba más apoyo que Jacob, quien era demasiado joven”.

El trío autofinanció el primer viaje con USD 4.000. Desde ese entonces, han recaudado alrededor de USD 15.000 por año a través de una subvención de National Geographic, donaciones privadas, y una campaña de Kickstarter, lo suficiente para seguir volviendo. “Hay tanto por descubrir, prácticamente en cualquier lugar que uno mire”, dice Wolfe.

Desde el patio de la oficina del BBPP en Malabo, Cooper podía observar las golondrinas Etíopes. Una nueva especie registrada para Bioko, oculta a plena vista.

De izquierda a derecha: las manchas blancas y el ojo rojo indican que este pinzón negro de cabeza gris es un adulto; el petirrojo selvático suele oírse más de lo que se lo ve; la suimanga oliva oriental se parece a un colibrí pero se posa, en lugar de sobrevolar cuando consume el néctar; las plumas faciales rojas de este pinzón dos puntos de lomo verde lo identifican como un macho; la golondrina camerunesa, miembro de la familia de las golondrinas; el pinzón dos puntos de lomo verde que se alimenta de la tierra. Collage de fotografías: Tristán Spinski

Nuestra primera mañana en Hormigas preparamos café instantáneo y devoramos el arroz y carne de lata Spam que nuestro cocinero, Apolonio, recalienta al fuego. La conversación se centra en los sueños vívidos inducidos por la medicina contra la malaria. Eso, y los damanes. Estos mamíferos nocturnos del tamaño de un conejo tienen un llamado territorial ensordecedor que comienza como una serie de chillidos insistentes y culmina en un grito desesperado. Gritan durante horas.

Powell interrumpe. Es hora de dividirnos en dos grupos e ir a avistar aves.

 “Sí”, concuerda Wolfe. “Yo voy con Jacob”.

“De ninguna manera”, dice Powell. “Lanzaremos una moneda por él”.

Saben que Cooper contará la mayor cantidad de aves. Wolfe refunfuña de forma humorística cuando pierde el sorteo. Él, Brzeski y el guía Cirilo se dirigen al norte. Yo voy con Powell, Cooper y con Amancio Motove Etingüe, un estudiante de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial, hacia el sur. Nuestro guía, Miguel, es oriundo de Ureca. Camina de forma silenciosa, con las manos detrás de la espalda, deteniéndose para señalar los duikers que brincan entre los matorrales y los monos en las copas de los árboles. Me impidió que pisara excremento del tamaño de una salchicha de driles, unos primates en peligro extremo de extinción que aún no hemos visto. Señalamos el lugar para Brzeski.

Nos movemos lentamente, observando, escuchando. Cooper, con su grabadora de audio encendida, advierte una discusión acalorada entre dos aves con aspecto de mosqueros, regordetas, y con ojos como los de un batis carunculado castaño. Los loros grises, que abundan en Bioko pero escasean en todos los demás lugares debido al comercio de mascotas y a la deforestación, cotorrean en el dosel. Un hadada ibis sobrevuela por encima de nuestras cabezas. En algún lugar, un alción castaño emite un llamado lúgubre; el mejor manual regional dice que esto ocurre solo en elevaciones mucho más bajas. Pasamos sobre una columna de despiadadas hormigas dorylus, las cuales pueden haber atraído al insectívoro drongo modesto, cuyos chillidos distintivos con ese sonido casi electrónico se oyen entre los pitidos y silbidos predominantes de la eurillas virens.

Un canto poco familiar hace que Cooper y Powell busquen con avidez al vocalista. Es rojizo y tiene un pico corto: un zorzal de fraser.

Cooper niega con la cabeza. “Suena muy extraño”.

“¿Una subespecie diferente?”

Cooper se encoge de hombros. “Podría ser tan solo una canción alternativa que no conozco. Debo investigar más”.

De izquierda a derecha: Kristin Brzeski, Luke Powell, Jared Wolfe y Amancio Motove Etingüe marcan aves y registran su información biológica en North Camp, en el corazón de la caldera. Foto: Tristan Spinski

En total, los dos equipos detectan alrededor de tres docenas de especies. “No hay tantas aves”, dice Powell. Quizás, dice Wolfe, el hábitat no es suficiente, o los primates pueden estar manteniendo las poblaciones de aves en números pequeños. Se desata un debate acerca de la comparación entre la caldera rica en primates y un área con una topografía similar en la cual se lleva a cabo la caza desenfrenada. Es el quinto proyecto de investigación posible que he oído desde el desayuno, y aún no hemos comenzado con el marcado.

Por la tarde colocamos 20 redes de niebla de 39 pies de largo entre los árboles que nuestros guías habían recortado de manera muy competente. Colocamos dos redes más cerca de la cornisa del picatartes.

Las redes se abren con la primera luz del día. Wolfe exhibe la primera captura, un petirrojo selvático que se escapa entre los árboles. “Jared es uno de los mejores anilladores en los Estados Unidos”, cuenta Brzeski, “pero necesita su café”.

Cooper ayuda a desenredar las aves; una vez que las redes están vacías, realizará un reconocimiento audiovisual, contando aún más aves que las capturadas en las redes. Coloca a las aves cautivas en bolsas de algodón y las lleva a la estación de marcado. Motove, el principiante, saca al petirrojo selvático de la bolsa. Bajo la paciente orientación de Wolfe, coloca una banda de aluminio numerada en la pata del ave y enumera el nombre de la especie, edad, sexo, longitud de las alas y la cola, condición de muda, y presencia de grasa, que Brzeski registra; con el tiempo, las recapturas revelan información fundamental sobre la supervivencia de las poblaciones de aves. A continuación, Powell toma una muestra de sangre y plumas para un estudio de malaria aviar y un análisis genético. Las bolsas que contengan manchas de guano se enviarán a un investigador en el Reino Unido que determinará las dietas de las aves.

Cooper podría utilizar algunos de estos datos para su proyecto de doctorado sobre aves de montaña en Camerún y Guinea Ecuatorial, comparando la genética y el canto de las aves. Las diferencias podrían indicar que una subespecie se ha convertido en una especie distintiva.

Motove procesa un ave cada aproximadamente 20 minutos. Wolfe observa con atención en busca de señales de estrés—bostezos, cabeza o párpados pesados—listo para intervenir si es necesario. Nunca lo hace. Le pregunto a Wolfe cuánto tiempo le toma un ave. “¿Un minuto o dos quizás?” Más tarde, cuando aparecen algunas nubes y comienzan a caer algunas gotas, Wolfe interviene para poder liberar a las aves antes de que comience el diluvio. Le tomo el tiempo: 58 segundos.

Jacob Cooper utilizará información recopilada durante la expedición para sus estudios de doctorado en la Universidad de Chicago y el Museo Field de Historia Natural. Foto: Tristan Spinkski

Alrededor de las 11 a.m., cuando ya casi termina la labor de marcado, Wolfe va a revisar las redes del picatartes. Una hora después, regresa. “¡Muchachos, creo que lo oí!” Cuando encontró las redes vacías, fue hacia debajo de la cascada donde vio algo entre la vegetación y escucho un sonido similar a un tosido. Está seguro de que era un pica. A medida que empacamos esa tarde para dirigirnos al Campamento Norte por tres días, Powell lamenta tener que moverse a cuatro millas de la única zona de nidificación conocida en la caldera. Brzeski coloca una cámara en la cornisa. No te ilusiones demasiado, me dice. A esa distancia, cualquier animal en el área extensa de 40 pies parecerá con seguridad una mancha borrosa.

A una milla del campamento, ya extraño mucho a los maleteros. Y regañándome a mí mismo por no haber añadido pesas en mis caminatas de entrenamiento.

Olvido mi incomodidad cuando vemos el esqueleto de un mono. Brzeski y Wolfe están estupefactos. Estuvieron aquí durante su excursión de ayer sin Cooper; eso no estaba ahí. Quizás no lo vieron. O quizás murió ayer por la tarde y las hormigas lo devoraron durante la noche. Es perturbadoramente posible. Los pequeños carnívoros son conocidos por dejar los huesos de sus presas limpios.

Cooper se aleja de la escena macabra. Se encuentra observando el dosel, con su grabadora en mano. “Qué demonios...” susurra, y luego silva: whew whew whew whew whoo whoo. Oír las aves es algo que no puede evitar. En su segunda cita con la que ahora es su esposa, ella quedó perpleja cuando él de repente la tomó y, en vez de besarla, dijo, “¿Oyes eso?” y luego salió corriendo para encontrar un búho real americano. Ahora llama al fotógrafo: “Tristan. Cámara. Ahora”. La orden hace que todos menos Brzeski se alejen del esqueleto para observar al ave misteriosa.

Nos apretamos y empujamos para observar al ave sobre nosotros. Finalmente, Wolfe lo ve con sus binoculares.

“Ok, creo que es un melanocarítido”, dice.

“¿Un melanocarítido?” dice Cooper incrédulo. “Suena incorrecto”.

“Bueno, cabeza gris, ojos amarillos, pico alargado, cuerpo amarillo”.

“Eso describe un picolargo amarillo a la perfección”, coincide Cooper. “En tierra firme hace tick tick tick tick tick tick”.

“¿Esa canción coincide?” pregunta Wolfe.

“No”, dice Cooper, silbando una vez más whew whew whew whew whoo whoo. La pequeña ave responde. “Nunca había oído eso antes”.

Revisará la grabación más tarde, y posiblemente añadirá el picolargo amarillo de Bioko a la lista de aves de la caldera que merecen investigarse como especies distintivas.

Nuestros alrededores son cada vez más salvajes. “Es como el Mundo de los Perdidos,” dice Cooper. Las ramas de los árboles cubiertos de musgo tienen cepas y orquídeas colgantes. Nos abrimos paso a través de la alta hierba. Los siniestros milpiés negros y las orugas peludas color cereza se arrastran a través de helechos gigantes. Las mariposas vuelan por el aire como un caleidoscopio de colores. Docenas de arañas de orbe del tamaño de un platillo con patas peludas rojas y grandes cuerpos negros cuelgan por sobre nuestras cabezas; cada tela de araña se extiende 10 pies o más entre los árboles, meciéndose y balanceándose como una cometa en el viento. Las tropas de monos nos regañan cada 15 minutos. Seguimos caminando hasta que escuchamos un woof grave. ¡Driles! La cacería ha eliminado a estos monos similares a los babuinos de casi todos lados menos de las áreas más remotas del sur de la isla. Hemos estado buscándolos por días. Ahora hay cinco en un árbol a 20 pies de nosotros. Es emocionante. E intimidante. El macho alfa—visible por sus genitales de color rojo y violeta vibrante—debe pesar 60 libras. Nos observaron durante varios minutos, luego se movieron de forma despreocupada.

Las playas al sur de Bioko son sitios de nidificación para cuatro especies de tortugas marinas, cuyos huevos y carne son una fuente codiciada de alimento para los locales. Foto: Tristan Spinski

En el Campamento Norte, Apolonio prepara nuestra cena a base de pasta y Spam sobre la fogata. Seleccionamos los lugares más nivelados para poner las carpas, y luego nos bañamos en el arroyo cerca del campamento. “Esto es tan lujoso”, dice Wolfe. 

Este equipo está familiarizado con las condiciones difíciles del trabajo de campo. Se han quitado cientos de garrapatas entre sí, han cuidado entre sí durante sus lesiones y ataques feroces de vómitos y diarrea. Han subsistido con papilla de roedor y arroz hecho por Wolfe (sobrenombre “Cook-y”). En su primera expedición a Guinea Ecuatorial, antes de que la ruta estuviese terminada, los muchachos escalaron desde Ureca hasta la estación de campo en Moka. Cambiaron sus planes de marcado de inmediato. Las moscas y los mosquitos eran despiadados. Llovía sin parar, transformando el duro sendero de caza en un miserable arroyo de lodo. Cooper comenzó el viaje enfermo, luego su condición se tornó grave a causa de una reacción alérgica a la cinta adhesiva que había utilizado para cubrir las dolorosas ampollas en sus pies. Powell y Wolfe se dividieron su carga de 50 libras. Al tercer día ya casi no tenían comida y tenían tanta sed que bebían de charcos tratados con yodo. “Estábamos asquerosos, exhaustos, delirantes”, cuenta Wolfe. “Sentimos que llegamos a Moka justo a tiempo”.

Nuestro viaje no ha estado totalmente libre de accidentes. Powell y Cooper sufren de espasmos estomacales luego de beber agua de un contenedor que anteriormente tenía diesel. Una mamba de Jameson se metió en la cocina una tarde, pero no atacó. El baño en Hormigas—un pozo cubierto—es el hogar de serpientes, murciélagos, arañas y enjambres de abejas. Casi todos experimentan alguna combinación de picaduras de abeja en las letrinas, sarpullidos por orugas, y mordeduras de hormigas; Cooper tiene la peor experiencia cuando su carpa es invadida por hormigas una noche a través de un cierre mal cerrado. Otra noche, un ejército de millones de hormigas invade el suelo detrás de los bancos de la cocina durante la cena. En un segundo, los guías empapan el suelo con gasolina y encienden un fósforo. El aturdidor swoosh y la pared de llamas nos sacuden en pánico. Cirilo nos asegura que las hormigas no cruzarán el fuego. Estamos a salvo, dice.

Durante los siguientes dos días, Brzeski coloca las cámaras y los demás comenzamos las labores de marcado. Motove manipula las aves con mucha más confianza, desde una pequeña suimanga oliva, similar a un colibrí, a una negrita cabeza gris, un pinzón negro cuyos irises rojos indican que es un macho adulto. Reduce su tiempo de procesamiento a la mitad. “Es como un cuestionario sorpresa después de otro”, dice.

Antes de viajar a la caldera, el equipo llevó a cabo una sesión de marcado de dos días y realizaron estudios de mamíferos para 16 estudiantes de la universidad nacional. Es el tercer año que han dictado el curso, que fue donde conocieron a Motove el año pasado. “No hay mucha gente aquí que estudie ecología, silvicultura o biología”, cuenta Maximiliano Fero, botánico y jefe de investigación en la universidad, y la persona que emite los permisos de exportación de pruebas biológicas para la Biodiversity Initiative. “De a poco está creciendo, pero es por eso que las colaboraciones con los socios internacionales como Biodiversity Initiative son tan necesarias”.

En los papeles, un cuarto de Guinea Ecuatorial está protegido, pero la caza furtiva y la tala ilegal están fuera de control. La agencia para las áreas protegidas del país, INDEFOR-AP, está motivada para realizar estudios biológicos y frenar las actividades ilegales, cuenta Cronin del BBPP, “pero cuentan con un presupuesto mínimo y muy poco apoyo político”.

La caza por la carne de animales salvajes es una gran amenaza para la conservación. Es alimento básico aquí, y lo venden en los grandes mercados y puestos ambulantes de Malabo. El BBPP ha realizado un seguimiento de las ventas de carne de animales salvajes, un indicador de los niveles de caza, durante casi dos décadas. El año pasado, Cronin y sus colegas informaron que entre 1997 y 2010, los estudios de mercado de Malabo contaron más de 35.000 monos (cuya caza es ilegal desde 2007), casi 59.000 duikers, alrededor 81.000 roedores, y más de 4.100 aves, incluyendo cálaos casquinegros, turacos gigantes, y buitres palmeros. Las ventas han aumentado con el tiempo, generando una prosperidad económica.

La deforestación es la otra gran amenaza para la vida silvestre. “La tasa de deforestación en Guinea Ecuatorial siempre es alta”, dice Katy Gonder, directora de BBPP. Eso se debe en gran parte al desmonte de tierras para Oyala, la nueva capital, aunque la tala ocurre en reservas en todo el país, tal como los miembros de Biodiversity Initiative han visto por ellos mismos. Mientras se encontraba con los empleados de INDEFOR-AP realizando un tour por las áreas protegidas de tierra firme, se encontraron con “tipos gigantes con músculos gigantes cortando tablas con sierras eléctricas en el medio del bosque”, según lo describe Wolfe. Era obvio que la operación había estado funcionando por un largo tiempo. El supervisor comenzó a hacer fervientes amenazas, luego intentó con sobornos, y finalmente accedió a cesar sus actividades. Las autoridades confiscaron cinco sierras eléctricas, y finalmente se multó a la empresa, cuenta Wolfe.

Este año, Biodiversity Initiative les proporcionó a dos técnicos de campo equipamiento y capacitación para marcar aves en dos lotes de 100 hectáreas en las afueras de Oyala—uno talado, el otro intacto. El proyecto sienta las bases para un estudio a largo plazo sobre cómo las perturbaciones afectan a las aves y los mamíferos.

Se podría utilizar una subvención de USD 50.000 del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los EE. UU. a la que Biodiversity Initiative se ha postulado para expandir las operaciones el próximo año, formando a más estudiantes y científicos federales. Hacer que los habitantes locales recopilen datos durante todo el año expandirá el conocimiento de la avifauna del país, y la presencia de investigadores en áreas protegidas ayudaría a disuadir las actividades ilegales, según lo evidenciado durante la redada de los madereros.

Tener personal en las áreas es fundamental, dice Gonder del BBPP. En Moraka, el campamento de las tortugas marinas, los cazadores furtivos no se acercan cuando hay voluntarios presentes. Cuando se van, los cazadores van al lugar, según lo evidencian los casquillos de escopeta.

“Hemos visto ir y venir a muchos investigadores internacionales y organizaciones”, cuenta Gonder. “Guinea Ecuatorial es un lugar muy desafiante para realizar trabajos de conservación. Hay que tener contactos en todos los niveles, desde la gente local hasta los sectores más altos del gobierno”. El BBPP ha estado trabajando de forma extensiva con el gobierno con el fin de instaurar políticas de conservación, crear áreas protegidas en Bioko, ayudar a financiar el departamento de estudios ambientales de la universidad, y contratar empleados locales para que lleven a cabo diversas tareas, desde realizar estudios sobre la vida silvestre hasta proveer asistencia en turismo. A Gonder lo motiva la campaña de Biodiversity Initiative de volver cada año, colaborar y expandir su alcance. “Tanto Luke como la gente con la que trabaja parecen estar muy comprometidos”, cuenta, “y necesitamos eso aquí”.

Powell cuenta que están en esto a largo plazo—pero no para siempre. “Queremos no ser necesarios en algún momento”, dice. “Queremos capacitar a la gente para que realicen labores de conservación, y dejarlos que protejan su propia herencia natural”.

Los miembros de la expedición se acercan al campo Moraka en su primer día del viaje a la caldera, y alcanzan a ver varias aves como la garceta costera occidental y el cuervo blanco. Foto: Tristan Spinski

En nuestro penúltimo día en la caldera, dejamos el Campamento Norte para dirigirnos a Hormigas. Brzeski y Wolfe se detienen en las cámaras a lo largo del sendero para cambiar las tarjetas de memoria llenas por unas vacías; un voluntario de Moraka las recogerá en abril. Se retrasan. Cooper se encuentra explicando su desconfianza hacia los babuinos y su temor de las tortugas mordedoras cuando sus gritos nos detienen. “¿Están heridos?” pregunta Cooper. No sabemos. Volvemos corriendo por el sendero.

Nos encontramos con Brzeski y Wolfe a mitad de camino. Ella sostiene su cámara digital de forma victoriosa sobre su cabeza como si fuera un trofeo mientras él grita: “¡Picatartes! ¡Picatartes!”

Los científicos intercambian felicitaciones eufóricas, emocionados mientras observan al ave de cresta roja saltar de manera cómica a través de la pantalla. Powell pregunta, “¿Cuál es la fecha y hora?” Brzeski verifica. El ave activó la cámara hace 26 horas. “Vamos a intentar atraparla, ¿no?” dice Powell.

Tenemos tres horas de luz. Wolfe, visiblemente emocionado, ayuda a Brzeski a verificar las demás cámaras. El resto de nosotros—Powell, Cooper, Motove, el fotógrafo Tristan Spinski, y yo—intentaremos atrapar a esta escurridiza ave.

Powell se encuentra en modo líder, dándole instrucciones a Motove para que coloque dos redes, una a cada lado del árbol de ceiba de 150 pies por el que vimos pasar al picatartes. Eso nos da una probabilidad de atraparla de un 10 por ciento. “Bueno”, reconsidera por un momento, “digamos siete por ciento”.

Cooper se encuentra igual de escéptico. Ha pasado incontables horas en los bosques de Camerún buscando a esta ave. Una vez, en un nido recién construido, esperó tanto que literalmente vio como se secó el lodo. “No tenemos chance, pero debemos intentarlo”, dice.

Ya con las redes colocadas, nos juntamos alrededor de Powell para obtener las instrucciones finales: cada uno tomará un cuadrante, le dará la espalda a la red y permanecerá quieto. Spinski se posicionará al otro lado del árbol, el mejor lugar para obtener una buena toma. Si un pica ingresa a un cuadrante, debemos avisarle a los demás y luego ahuyentarla hacia las redes. “Seguro no te hará daño”, dice Powell. “Es de aproximadamente un tercio del tamaño de un pollo”.

Estoy seguro de que si el ave entra a mi cuadrante, arruinaré la captura. Quiero refuerzos. Pregunto cómo alertar a los demás en caso de que vea al ave.

“Silba como el canto de un carbonero de Carolina”, dice Cooper. “Nada aquí suena como eso”.

La respuesta a esta sugerencia son tres miradas perplejas. El fotógrafo, el Ecuatoguineano y yo no tenemos la menor idea de cómo suena un carbonero de Carolina.

Powell suspira. “Solo griten, ‘¡ave!’ ”

Nos metemos entre los matorrales y tomamos nuestras posiciones. Cooper reproduce con su teléfono el canto de un picatartes. Suena como un conductor inexperto pasando cambios. Podría ser un llamado de alarma, un reclamo territorial, un llamado de apareamiento—es el único que pudo encontrar, y nadie sabe qué mensaje le está enviando al ave, suponiendo que se encuentra lo suficientemente cerca como para oírlo. El tamaño de la zona de distribución del picatartes es otro misterio.

Por momentos, la espera se torna excitante, desesperante y tediosa. En un momento, un estruendo cercano me asusta y me caigo del tronco donde estaba sentado. De seguro fue tan solo un roedor.

Luego de 45 minutos, Powell dice que es suficiente. “Cielos, está aquí en algún lado”, dice. “Tenemos que regresar”. Cooper le da una palmada en el hombro. No van a volver este año. Mañana nos vamos de la caldera.

Los maleteros aparecen a la mañana siguiente y se llevan nuestras cosas. Luego de una última sesión de marcado—nueve aves, una recaptura—los seguimos, cruzando el río y fuera del cráter. Pasamos la noche en Moraka, con el ruido de las olas que apenas tapan los gritos de los damanes. Al día siguiente continuamos nuestro camino junto a la playa, cada paso acercándonos más a la cerveza fría y el pollo frito. La caldera se extiende a lo lejos, ya a una gran distancia.

Los científicos se diseminan por la estación de campo de Moka al día siguiente. Cooper se encuentra avistando aves; y añade al carricero tordal a su lista de aves del país. Powell se encuentra organizando la información que Fero necesitará para emitir los permisos de exportación para la sangre y las plumas de las 780 aves que el equipo capturó durante su expedición de un mes. Wolfe está lavando ropa. Brzeski está con su computadora, observando las filmaciones de las cámaras. De repente, se le escapa un grito de alegría.

Hace una semana, cuatro horas antes de que saliéramos de Hormigas para ir al Campamento Norte, la cámara de la cascada grabó un video de un picatartes saltando sobre un tronco en la cornisa y cruzando la plataforma. Wolfe se reivindicó. “Estaba seguro de que lo había escuchado”, dice luego de ver la grabación.

En mayo, Brzeski obtiene las filmaciones de seis cámaras que se dejaron allí durante tres meses. Grabaron 13.000 imágenes. Toda una colección de animales salvajes desfilan por la pantalla: monos, gálagos, linsangs africanos, pangolines, puercoespines, duikers. Y en todas las cámaras, picatartes. Había múltiples aves allí, escondidas, quizás observando de manera furtiva mientras caminábamos por el bosque, buscándolas sin éxito. Por todo lo que vimos en la caldera, parecería que solo dimos un pequeño vistazo al lugar.

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Picatartes cuelligrís. Foto: Kristin Brzeski
Picatartes cuelligrís. Foto: Kristin Brzeski
Picatartes cuelligrís. Foto: Kristin Brzeski
Esta criatura de África Central, aquí a la izquierda, es un animal elusivo, similar a un gato. Foto: Kristin Brzeski
Un colobo de Pennant, en peligro de extinción. Foto: Kristin Brzeski
Un mandril de Bioko, el primate más grande del área. Foto: Kristin Brzeski
Un duiker de Ogilby, antílope de bosque de contextura pequeña y una de las dos especies de duiker que existen en Bioko. Foto: Kristin Brzeski
Cría de mandril. Foto: Kristin Brzeski
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