El ornitólogo Dan Cristol de pie en el South River, el cual fue contaminado con mercurio proveniente de la antigua planta de DuPont en Waynesboro, Virginia.

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¿Cuánto deberían pagar los grandes contaminadores? El Acuerdo de DuPont proporciona un modelo a seguir

Un biólogo logró relacionar un derrame de mercurio por parte de una empresa con la contaminación de las aves cantoras, y encontró un nuevo modo de hacer que los contaminadores fueran responsables a nivel económico.

Las noticias llegaron en una tarde de calor sofocante de verano como cualquier otra, destinada a la recolección de muestras de sangre de aves del Valle de Shenandoah. El ornitólogo Dan Cristol había estado realizando una evaluación preliminar financiada por DuPont para determinar hasta qué punto la contaminación de la empresa en la cuenca podría haber afectado a la comunidad aviaria. DuPont corría el riesgo de enfrentarse a posibles acciones judiciales y, de manera prudente, durante el verano había aceptado financiar el trabajo de un equipo para evaluar qué tan costoso podría llegar a ser reparar los daños. Fiel a su naturaleza, Cristol no había vacilado durante su investigación. Él y sus estudiantes habían merodeado cerca de redes de alcedines a orillas de arroyos, arrinconado autillos chillones cerca de puentes y utilizado redes de niebla con decenas de especies de aves cantoras. Con agujas muy pequeñas, habían extraído gotas de sangre de aves antes de liberarlas cuidadosamente para que volvieran al entorno silvestre. Luego habían enviado sus muestras a un laboratorio de toxicología en Texas A&M, y habían visto cómo se consumían sus fondos a una tasa de $55 por muestra analizada.  

Bajo el sol abrasador sobre el South River, uno de los mayores contribuyentes al potente Shenandoah, y mientras las olas de calor ascendían desde los campos de heno recién segados, Cristol abrió un correo electrónico del laboratorio y leyó los primeros resultados de las pruebas.

"¡Por el amor de Dios!", gritó uno de los estudiantes.

"Leí los números como cinco veces para asegurarme de estar leyendo correctamente", recuerda Cristol. "La parte responsable nos estaba financiando, por lo que imaginé que DuPont seguramente vería lo que habíamos descubierto y respondería algo como: "Gracias, pero no gracias, ya hemos visto suficiente". Me preocupaba que después de este "vistazo seductor" no pudiéramos saber qué era lo que estaba pasando en realidad. Pero la verdad es que todos simplemente siguieron avanzando y nos dejaron proponer y responder cualquier pregunta nueva que surgiera".

Cristol y sus estudiantes habían descubierto que el derrame de mercurio de DuPont había penetrado mucho más profundo en la red de alimentación aviaria de lo que cualquiera pudiera haber esperado. No solo se descubrió mercurio en las aves de rapiña que se alimentaban de peces, como águilas pescadoras y águilas, sino que también estaba presente en sialias que revoloteaban muy lejos del contaminado South River. Había niveles de mercurio sorprendentemente altos en las plumas de vireos ojirrojos no ribereños cuyo canto indica que hay que mirar hacia arriba, bien arriba, hasta el punto más alto de los árboles para encontrarlo. Estaba presente en cucaracheros de Carolina aguerridos, golondrinas bicolores que vivían dando vueltas y zorzales solitarios. Incluso en la perlita grisilla, que pesa un minúsculo tercio de onza.

Pero sobre todo, el trabajo había sentado las bases para establecer un nuevo modo de restaurar las poblaciones de aves cantoras norteamericanas, que estaban reduciéndose en todo el país. La investigación de Cristol en última instancia ha perfeccionado un modo de hacer que los mayores contaminadores asuman la responsabilidad que les corresponde por algo tan profundo como por mucho tiempo intangible: un modo de calcular y definir la manera de compensar la cantidad de años en los que se han perdido aves.

Mercurio en el laboratorio de Cristol.

"No podría haber un mejor lugar para evaluar los efectos del metilmercurio", me dijo Cristol en un puente sobre el South River en la ciudad de Waynesboro, mientras observábamos una planta química de 177 acres ubicada al sudeste. Durante unos 50 años, estas instalaciones que son como manchas grises construidas en 1928 por DuPont en laderas verdes, fabricaron algo llamado fibras de acetato, las cuales utilizaban mercurio como catalizador durante los primeros 20 años de operación.

Cabe destacar que DuPont nunca ha rebatido las alegaciones relacionadas con las grandes cantidades de mercurio que ha vertido en el South River. Desde que se detectó la presencia de mercurio en sedimentos del río y suelos de terrenos de aluvión cercanos a la planta en la década de 1970, la corporación ha estado intentando descifrar una manera de dejar su legado de contaminación atrás. Durante años DuPont financió un "Equipo Científico del South River" con una misión vaga. En el marco del mismo, funcionarios estatales y académicos monitoreaban los niveles de mercurio en peces, con la esperanza de que eventualmente las concentraciones disminuyeran. Nunca se observó dicha disminución. El análisis de las muestras continuó y en algunos peces se vieron niveles mayores a 4 partes por millón, casi el cuádruple del nivel registrado en los peces espada, cuyo consumo la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) recomienda evitar enérgicamente debido a los altos niveles de mercurio. No obstante, los funcionarios representantes del Estado de Virginia, (técnicamente el demandante clave en estos procedimientos tempranos) pareció no tener ni idea de qué medida tomar a continuación.

"Habían estado completamente desorientados", cuenta Nancy Marks, abogada sénior del equipo de abogados de la organización sin fines de lucro Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales (NRDC, por sus siglas en inglés). Bajo la dirección de Marks, el NRDC presentó la intención de demandar a DuPont a principios de la década del 2000, y de hacer que el asunto avanzara para dejar de consistir en monitoreo y pasar a la mitigación. "El remedio propuesto [por DuPont] era implementar un programa de monitoreo a cien años, pero nosotros sabíamos que el nivel de mercurio presente en el río era altísimo. Y DuPont era la única fuente obvia". A diferencia de las demás cuencas de los Estados Unidos, que han sido afectadas por numerosos contaminadores, la planta de DuPont en Waynesboro es la única industria que ha depositado mercurio en la cuenca del South River a lo largo de su historia. El volumen de mercurio presente en el ecosistema y cualquier daño que pueda haberle causado a las aves es culpa de DuPont, es imposible negarlo.

"Para nosotros no había nada que pensar", recuerda Marks. "Era un caso muy sólido". Este caso adquirió aún más fuerza debido a que el NRDC acababa de obtener una gran victoria legal en una demanda en Maine utilizando la misma teoría legal. La demanda de Maine había ido a juicio, y si el tribunal le ordenaba a la empresa causante de la contaminación por mercurio, llamada Mallinckrodt, Inc., que pagara una indemnización, seguramente llegaría a deber millones de dólares (sumados a varios millones de dólares más que debería pagar en concepto de honorarios legales). Si bien DuPont se negó a hacer comentarios sobre este aspecto del caso, parece ser posible que la probabilidad de enfrentarse a un caso judicial del tamaño del de Maine les haya dado qué pensar a los directores de la empresa. Poco después de las medidas tomadas por el NRDC, la empresa firmó un decreto de consentimiento con los administradores del río, el Estado de Virginia, y el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos (USFWS, por sus siglas en inglés).

Pero al tratar de llegar a un acuerdo sobre el South River, DuPont comenzó a desatar otro nudo cuando aceptó financiar la investigación que determinaría el valor de su responsabilidad. Ese fue el momento en el que la figura de Dan Cristol entró en juego. Si la empresa realmente estuviera lista para pagar y resarcir a las comunidades de aves de la cuenca hidrográfica del South River, ¿cómo se calcularía ese costo? Por ejemplo, era obvio que se habían causado daños inmediatos y cuantificables a la pesca deportiva y a las personas que habían perdido la oportunidad de pescar e ingerir los pescados. Pero cuando los resultados de los análisis de sangre de las aves revelaron la presencia de metilmercurio en toda la comunidad aviaria, incluidas las aves cantoras que vivían muy lejos del río, Cristol se dio cuenta de que tenía la posibilidad de construir un caso de un alcance mucho mayor.  

Primero había que descubrir cómo era posible que las aves que no tenían ninguna relación con el río estuvieran absorbiendo tanto mercurio.

 

"No hay nada como que a uno le paguen para levantarse temprano para atrapar aves en una hermosa mañana de primavera", me dijo Cristol mientras bajábamos por la Ruta 340 para llegar a 10 de los 50 sitios de muestreo que había establecido durante sus siete años de estudio de campo del mercurio. "Pero cuando llegan las once de la noche y estás yendo a capturar autillos chillones con tus estudiantes y esperando que los traficantes de drogas locales no estén debajo del puente, piensas: ‘Esto es demasiado tedioso. Es horrible’". La pandilla callejera salvadoreña MS-13 está activa en el Valle de Shenandoah y en el área ya ha habido varios asesinatos, que incluyen al menos uno a orillas del río.

De todos modos, Cristol comenzó a diseñar e implementar un gran régimen de investigación con alumnos universitarios para recorrer el South River de arriba abajo. "Sabíamos que el mercurio tenía que provenir del alimento que consumían las aves. Y el único modo de descubrir qué estaban ingiriendo exactamente era capturarlas durante el acto". Al darse cuenta de que era casi imposible confiar en capturar a aves adultas mientras se alimentaban, Cristol descubrió que podría llevar un control de la dieta enfocándose en la segunda mejor opción: el alimento que los adultos les daban a sus crías.

Utilizando un método perfeccionado por ecologistas a principios de la década de 1990, Cristol y sus alumnos accedieron a cajas nido a hurtadillas mientras las aves adultas estaban cazando y colocaron pequeñas corbatas de alambre de plástico o "ligaduras" alrededor del cuello de los polluelos. "Teníamos que tener mucho cuidado", recuerda Cristol. "Si apretábamos demasiado, los polluelos iban a asfixiarse. Si la ligadura quedaba demasiado floja, el alimento iba a caer e íbamos a perder la muestra. Debíamos hacer todo con precisión para recoger al insecto perfecto y poder realizar las pruebas". El hecho de que ni una sola ave haya salido herida durante los años en los que Cristol tomó muestras de campo refleja el gran cuidado y la gran sensibilidad con que fueron tratadas. Esta tarea se realizó cientos de veces en varios sitios diferentes. En los buches de las aves había cosas de todo tipo. Grillos y lombrices. Moscas y mosquitos. Pero había un elemento inesperado entre las presas que causaba la mayoría de los problemas.

Dan Cristol, a biology professor at the College of William and Mary in Williamsburg, Virginia, spearheaded the research that led to the discovery of how mercury pollution affected songbirds in the Shenandoah Valley. Greg Kahn

"El treinta por ciento de su dieta consistía en arañas grandes", cuenta Cristol. "Y esas arañas grandes aportaban el 70 por ciento de su mercurio". Las arañas son predadoras alfa en el mundo de los insectos. Se alimentan de insectos grandes que ya han ingerido a otros más pequeños, los cuales habían crecido en los sedimentos del río cargado de mercurio. Así como los peces espada y los tiburones terminan en depósitos debido a todo el mercurio que contienen sus presas, al igual que todo el mercurio que contienen todas las presas de sus presas, las arañas también terminan "biomagnificando" el mercurio presente en el ambiente y concentrándolo en su carne. Y después estaban depositando toda esta gran carga tóxica en las aves cantoras.

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