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Los investigadores están volviendo sobre los pasos de una expedición de un siglo de antigüedad para ver cómo ha cambiado la fauna aviar de California

En 1908, Joseph Grinnell comenzó un proyecto de 30 años para documentar la vida silvestre del estado. Ahora, una nueva investigación moderna de sus sitios de estudio está brindando nuevas perspectivas de las vulnerabilidades y la resistencia de las aves.

Steve Beissinger sabe exactamente lo que el famoso naturalista Joseph Grinnell estaba haciendo el 2 de junio de 1932: Estaba escalando por una cresta cerca de Lagunitas, California, con su esposa, Hilda. Este no fue un picnic de amantes. En su caminata de 3.5 horas, el dúo realizó tres recuentos de aves distintos, y Grinnell registró cada una de las 94 aves de 31 especies que avistaron u oyeron.

Beissinger sabe todo esto porque ha estado leyendo los diarios de Grinnell. Las pistas obtenidas de dos páginas escritas en perfecta cursiva hace 87 años llevaron al ornitólogo moderno del Museo de Zoología de Vertebrados (MVZ) de la Universidad de California, Berkeley a lo que está seguro es el mismo camino que Grinnell investigó. En una mañana de mayo, él, su estudiante posdoctoral Kelly Iknayan, y yo fuimos allí a repetir la caminata nosotros mismos. "Nos sorprendió la exuberancia de la vegetación anual, así como la de los árboles forestales y la del chaparral", dice Iknayan, en una lectura rápida de la anotación pertinente. Salimos de un estacionamiento pavimentado y, minutos después, nuestro trío se siente igualmente encantado con las opulentas flores silvestres y las altísimas secuoyas.

Doy cada paso a propósito, tratando de invocar el significado de aquellos que caminaron aquí hace casi un siglo. Este sendero sinuoso a lo largo del arroyo Lagunitas Creek es solo uno de los cientos de sitios en todo California que Grinnell y un pequeño ejército de personal de campo estudiaron entre 1908 y 1939, el año de su fallecimiento. Acamparon en los desiertos de Sonora, Mojave y Gran Cuenca; los humedales del Valle Central y la costa sur; y las montañas de Sierra Nevada y el Parque Nacional Yosemite. Donde quiera que iban, capturaban mamíferos y retrataban aves, estableciendo finalmente una colección de museo de más de 100,000 especímenes. A su vez, por insistencia de Grinnell, llenaron cientos de cuadernos de campo con observaciones de cada animal que observaron, así como descripciones detalladas del paisaje circundante.

Esas investigaciones se dieron en un momento crucial en la historia de California. Entre 1870 y 1900, la población de Los Ángeles se disparó de 5,000 a 100,000 personas. El Acueducto de Los Ángeles, el cual desvió el río Owens y finalmente destruyó el Lago Owens, finalizó su construcción en 1913 y, alrededor de la misma época, la gente drenó los antiguos humedales y lagos del Valle Central para dar paso a la agricultura. "Todo el país se está asentando", escribió Grinnell en 1917. "Parece ser que la fauna y flora del desierto del Valle de San Fernando están completamente condenados".

Preocupado por la pérdida de la historia natural de California, Grinnell se vio impulsado a catalogar la vida silvestre del estado antes de que fuera destruida. Incluso en aquel entonces, previó el valor duradero de su trabajo: "El estudiante del futuro tendrá acceso al registro original de las condiciones de la fauna en California y el oeste", escribió Grinnell en 1910. "Sin embargo, no se comprenderá este valor hasta transcurridos muchos años, posiblemente un siglo, suponiendo que nuestro material se conserve de forma segura".

El material fue preservado, pero nadie se aventuró a examinar la colección completa hasta 2004, cuando Beissinger y sus colegas se dieron cuenta: "Somos los estudiantes del futuro". Decidieron desempolvar los cuadernos de campo, extraer la mayor cantidad de información posible y volver a estudiar cada sitio que pudieran identificar. Beissinger dirigió las investigaciones sobre aves y el biólogo del MVZ, Jim Patton, encabezó los estudios sobre mamíferos.

Cualquier naturalista decente podría suponer, en términos generales, lo que ha cambiado y no ha cambiado en California en el último siglo. En Lagunitas Creek, por ejemplo, podrían deducir (correctamente) que Grinnell también escuchó el alegre canto del Vireo Gorjeador y suponer, con razón, que no estaba sometido al zumbido de fondo de los vehículos que bajaban por la Ruta 1 (no se había construido aún). Sin embargo, al combinar las observaciones de Grinnell con las suyas, Beissinger y Patton aspiraban a captar una comprensión mucho más detallada de cómo la vida silvestre de California ha respondido a un siglo de cambio humano monumental.

Ha llevado más de una década de trabajo agotador combinando la historia y la ciencia: interpretar escritura con letra desprolija, geolocalizar a partir de descripciones vagas del sitio, enviar bandas de estudiantes a hábitats remotos, construir modelos estadísticos capaces de revelar cambios que de otro modo serían indetectables. A raíz de este esfuerzo, el equipo de Beissinger ha publicado hasta ahora más de una docena de documentos de alto perfil sobre los cambios en las poblaciones de aves en los ecosistemas de California. Sus hallazgos han revelado nuevas formas en que las aves se están—y no están—adaptando al rápido cambio climático, con efectos inmediatos sobre cómo los conservacionistas priorizan y manejan el hábitat de la vida silvestre. Aunque Grinnell nunca predijo el calentamiento global, su laborioso trabajo está generando ideas sin precedentes sobre la vulnerabilidad y la resistencia de las aves. A su vez, ayudará a todos los estudiantes, tanto actuales como futuros, a posicionar mejor a las aves para sobrevivir incluso a los cambios que aún no han sucedido.

Lassen Peak en aquel entonces y ahora, con un Ford Model Tin 1930 y un Ford Explorer en 2006. Fotografías: Cortesía de los archivos del Museo de Zoología de Vertebrados, Universidad de California Berkeley;

Joseph Grinnell desarrolló un apetito temprano por la recolección científica. De adolescente atrapó su primer espécimen, un sapo que conservó al rellenar su piel con algodón. Para cuando cumplió 17 años, ya había recogido su 72° espécimen, un Carpintero Escapulario de pechera roja. Para expandir su colección de aves, buscó aventureros—inspectores del ejército, buscadores de oro, científicos de campo—que pasaban por su ciudad natal de Pasadena y los convenció de que lo dejaran acompañarlos en sus expediciones por California y Alaska. A los 18 años, publicó una lista de aves para Pasadena con 158 especies. A medida que amplió sus estudios de aves a sus 20 años, Grinnell recibió elogios de los principales científicos de la época, incluidos John Muir y Henry Fairfield Osborn.

A su vez, llamó la atención de la heredera de la industria de la caña de azúcar, Annie Alexander, una filántropa y una gran naturalista y coleccionista de campo. Ella había decidido crear un museo de zoología de vertebrados en la Universidad de California y, en 1908, le pidió a Grinnell que fuera su primer director, sin importar que tenía 31 años y que aún no había obtenido su doctorado (finalmente presentó una disertación en la Universidad de Stanford en 1913). Grinnell se puso de inmediato a construir la colección más completa posible de vida silvestre del estado.

Grinnell apuntó a regiones donde sospechaba que vivían animales raros y envió investigadores sobre las montañas para realizar un muestreo de la diversidad de aves en una variedad de elevaciones y temperaturas. Durante tres décadas, él, sus estudiantes y el personal de campo acamparon en 700 ubicaciones en todo California. Capturaron y mataron mamíferos y aves en cada uno, y luego procesaron los especímenes para preservarlos—actividades típicas en las investigaciones de campo de aquella época.

Sin embargo, Grinnell fue más lejos que otros naturalistas de su época. Impulsado, preciso y metódico, decidió escribir todo. "Tomó notas de campo en vacaciones", cuenta Beissinger. También instruyó a su equipo para que mantenga diarios de campo detallados, siguiendo un protocolo ahora conocido como el Método Grinnell. El resultado: 74,000 páginas de notas escritas a mano y 10,000 imágenes. "Mientras desarrollaba su colección de especímenes, también desarrollaba su colección de notas de campo, una dimensión que ninguno de sus contemporáneos había pensando", cuenta Beissinger. Además de anotar las descripciones de la vegetación, la topografía y los puntos de referencia, su equipo realizó regulares y reiterados "censos a lápiz" de las aves vistas y escuchadas en los senderos alrededor del campamento.

Dichas notas estaban encuadernadas dentro de cientos de libros y permanecieron intactas durante casi un siglo en una caja de vidrio sobre la Sala de Conferencias Grinnell del museo (contraseña de Wi-Fi: grinne11!). La idea de abrirlas y volver sobre los pasos de Grinnell surgió en Beissinger y sus colegas cuando estaban haciendo una lluvia de ideas para celebrar el centenario del MVZ en 2008. "El desafío era descubrir cómo trabajar con muchos de estos datos antiguos", dice. "Tomó un poco de trabajo detectivesco".

El primer paso fue ubicar los viejos sitios de campo, lo cual resultó ser un desafío enorme, con la ayuda de la colección del museo que Grinnell construyó. Cada espécimen tiene una etiqueta adherida a su tobillo que indica dónde fue capturada el ave, cuándo y por quién. Los estudiantes habían ingresado previamente toda esa información en una base de datos, por lo que Beissinger mapeó el sitio de captura de cada espécimen y voilà: los grupos resultantes indicaban una ubicación de campo Grinnelliana. "Esa es una gran ayuda para acercarse a una ubicación general", comenta Iknayan, ahora una científica ambiental en el San Francisco Estuary Institute. A partir de ahí, escaneaban los cuadernos en busca de las descripciones clave del área. A veces, el equipo de Grinnell incluía datos topográficos de mapas históricos del Servicio Geológico de los Estados Unidos​ o—eureka—fotos de referencia. "Pasamos mucho tiempo con las notas de campo", recuerda Iknayan.

A través de esas notas, los topógrafos modernos pudieron conocer a los investigadores, los cuales habían fallecido hace ya mucho tiempo. Algunos se permitieron relatar acontecimientos más superfluos, describiendo dinámicas sociales y otras actividades en el campamento; otros parecían simplemente disfrutar escribiendo. "Obtienes una riqueza y entramado sobre estas personas y sus vidas", dice Iknayan. "También", agrega, "aprendes a apreciar la buena caligrafía: Te empiezan a gustar ciertos topógrafos porque piensas: 'Oh, es muy legible'". Grinnell no era un escritor particularmente florido, "Despreciaba el lenguaje que no era exacto, científicamente preciso e incoloro", dijo un estudiante sobre él. No obstante, su letra cursiva fluye a lo largo de cada línea con tanta prolijidad como una letra de computadora, y el nombre de cada especie se encuentra subrayado cuidadosamente.

Antes de comenzar su trabajo de posgrado con Beissinger en 2012, Iknayan estudió a los Trepadores Mieleros en peligro de extinción en Maui, donde llueve 300 o 400 pulgadas cada año. Cambió rápidamente sus botas de lluvia por un sombrero para el sol con el fin de pasar varios veranos investigando el Desierto de Mojave y la Gran Cuenca. Para cada uno de los 106 sitios que volvió a investigar, escaneaba y estudiaba cada página de los cuadernos de campo correspondiente, cargaba una tableta con imágenes satelitales y dirigía a sus dos asistentes a lugares remotos en su Ford Explorer, apodada "La Máquina" en tributo al resistente Ford Modelo T conducido en las expediciones de Grinnell. Una vez que encontraba el lugar correcto, confirmado por medio de hacer coincidir lo que veía con las viejas descripciones, establecían un campamento, así como lo hacían los secuaces de Grinnell décadas antes.

Los investigadores de Grinnell fueron indudablemente más metódicos que sus pares, pero el procedimiento que siguieron Iknayan y el resto del equipo fue aún más reglamentado, y se repitió exactamente de la misma manera en todas las ubicaciones de California. "Estamos tratando de tomar datos de una manera compatible con lo que estaban haciendo, pero también de acuerdo con nuestros estándares modernos", cuenta. Comenzando al amanecer, caminaba 2.5 kilómetros a lo largo de un transecto trazado por GPS, deteniéndose cada 250 metros para contar aves y grabar sonidos ambientales. Ciertas aves, como el Correcaminos Grande o el Colorín Aliblanco, lograban emocionarla sin importar cuántas veces las viera. "No pierden su encanto", dice. "Pero, sinceramente, cuando realizas conteos en tantos puntos, comienzas a captar todo de oído". Tener a mano grabaciones de llamados de aves de la Colección Maestra de Cornell la ayudó a confirmar las identificaciones en el campo.

Después de volver a investigar el Mojave y la Gran Cuenca, Iknayan le llevó sus datos de aves a Beissinger. A diferencia de lo que solía hacerse en la era de Grinnell, su trabajo no terminó allí. En cambio, se unió a Beissinger y sus compañeros para analizar sus observaciones y descubrir cómo las aves han respondido a las transformaciones del paisaje, las temperaturas más altas y los patrones alterados de precipitaciones que se han producido desde que Grinnell caminó por la Tierra.

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