Cinco proyectos que transforman las posibilidades de las aves y la gente en América Latina

Al pensar globalmente y actuar localmente, Conserva Aves, una alianza sin precedentes y de escala hemisférica, está llenando el mapa con esfuerzos de conservación.
An aerial view of a lush, jungle-side beach in the Darien Gap.
El terreno que posee COCOMASUR abarca desde montañas hasta bosques de tierras bajas, pasando por humedales y playas cercanas al Tapón del Darién. Fotografía: J.A. Soriano/Conserva Aves

Jorge Velásquez nunca olvidará el día en que presentó su tesis de pregrado en una conferencia nacional de ornitología en Colombia. El joven biólogo había identificado vacíos en la conservación de loros y mapeó los lugares específicos donde crear nuevas áreas protegidas tendría un mayor impacto. “Una persona que trabajaba en el Ministerio de Medio Ambiente de Colombia me dijo, ‘Chévere el ejercicio científico. Pero sí sabes que eso no va a suceder, ¿cierto?’”, recuerda Velásquez. Se necesitaron 20 años para que ese mismo tipo de ciencia se convirtiera en la columna vertebral de una de las más ambiciosas alianzas de conservación del hemisferio.

La iniciativa, llamada Conserva Aves, es un esfuerzo transformador, según afirma Aurelio Ramos, director general de Audubon para América Latina y el Caribe. En ella, las principales organizaciones de conservación de aves—Audubon, BirdLife International, American Bird Conservancy y Birds Canada—se asociaron con la Red de Fondos Ambientales de Latinoamericana y del Caribe de Fondos para el Medio Ambiente, el consorcio de financiación medioambiental más grande de la región. Juntos están trabajando para abordar grandes lagunas en materia de conservación mediante el apoyo a organizaciones locales y grupos indígenas con los que crean áreas protegidas que benefician a las aves migratorias y residentes.

Normalmente, los gobiernos se enfocan en crear grandes parques nacionales que pueden tardar años en legalizarse, con lo que dejan desatendidas las necesidades urgentes de las aves en declive, afirma Velásquez, director de ciencia de Audubon para América Latina y el Caribe: “No tenemos tanto tiempo”.

En cambio, Conserva Aves tiene un enfoque mucho más flexible. Canaliza becas, normalmente de unos $125,000 dólares, a comunidades y organizaciones locales para proyectos que protegen aves a la par que crean medios de vida sostenibles para las comunidades. Con esta estrategia, unen la capacidad de recaudación de fondos y la experiencia en terreno de los socios de BirdLife, con la ciencia de Audubon, para identificar “hotspots” de conservación—lugares que albergan gran cantidad de fauna y flora y que son utilizados por las comunidades, afirma Ian Davidson, director regional de BirdLife International para Las Américas.

Desde 2021, Conserva Aves ha ayudado a crear, ampliar o apoyar más de 180 áreas protegidas gestionadas por 200 socios en nueve países. Más de 1.800 especies de aves se benefician de la protección de sus hábitat gracias a Conserva Aves, incluidas 82 especies que se encuentran en peligro crítico, en peligro o vulnerables. Además, 51.000 personas se benefician con programas de formación, medios de vida sostenibles y el fortalecimiento de la gobernanza local. Ver cómo se desarrolla el trabajo “ha sido una de las experiencias que más me han llenado en mi vida profesional”, afirma Velásquez. La iniciativa va mucho más allá de su escritorio. Conserva Aves está construyendo un legado de conservación diseñado para perdurar durante décadas. Desde México hasta Chile, ya está mejorando las perspectivas de cientos de especies de aves, al tiempo que mejora la vida de las personas que conviven con ellas.

La unión hace la fuerza: Colombia

 Durante las últimas dos décadas, las comunidades afrodescendientes del noroeste de Colombia han gestionado sus tierras colectivas poniendo a la conservación en el centro. En 2025, Conserva Aves les ayudó a dar un último y fundamental paso en la protección de la gran riqueza ecológica de su paisaje y para apoyar su economía local.

El esfuerzo se remonta a la creación en 2002 del Consejo Comunitario de Comunidades Negras de la Cuenca del Río Tolo y Zona Costera Sur (COCOMASUR), que maneja alrededor de 40.500 hectáreas de tierras de propiedad colectiva. “Siempre, incluso los más mayores, nos hemos preocupado por la conservación”, afirma Ferney Caicedo Panesso, coordinador técnico de monitoreo de la biodiversidad de COCOMASUR. Tras un intento fallido de explotar una pequeña parcela del bosque con tala, decidieron dedicarse por completo a la conservación de sus considerables recursos naturales.

Para 2010 habían establecido el primer territorio de propiedad colectiva en el mundo capaz de expedir certificados en el mercado de bonos de carbono. Las empresas compensan sus emisiones pagando a COCOMASUR para conservar el corredor, y la comunidad utilizó los fondos para nuevos esfuerzos de conservación, dice Caicedo Panesso. Enseguida, crearon una zona protegida de bosques, montañas y manglares fundamentales para las aves. Y en 2013, se asociaron con Parques Nacionales de Colombia y las comunidades vecinas para crear un santuario de cría para las tortugas marinas en estado vulnerable.

A pesar de esos esfuerzos, seguía existiendo una franja de hábitat desprotegido entre estas tres áreas. Conserva Aves les ayudó a cerrar esa brecha, afirma Marcela Ibarra Becerra, supervisora forestal y coordinadora del proyecto Conserva Aves de COCOMASUR. La iniciativa cubrió los gastos legales relacionados con la protección de cerca de 42.500 hectáreas que conectan las áreas protegidas existentes, lo que garantizó que la fauna silvestre pudiera seguir desplazándose por los ecosistemas. Ocho guardianes forestales recorren regularmente la zona a pie o a caballo, utilizando unidades GPS, lentes y cámaras para observar los cambios en el hábitat y registrar las especies que encuentran. Los fondos también contribuyeron a ampliar los esfuerzos de monitoreo para rastrear especies clave de aves.

Si bien el turismo siempre había existido, con el dinero de Conserva Aves los lugareños crearon nuevas oportunidades económicas. Trazaron rutas para la observación de aves, formaron a guías y compraron implementos para la observación de aves, como binoculares y guías de campo. “Las comunidades que no se veían capaces de ofrecer servicios de etnoturismo comunitario ahora ven que sí pueden”, afirma Ibarra Becerra. “Es otra manera de generar alternativas de desarrollo para las comunidades sin cambiar lo que son”.

Un compromiso que crece: Mexico

El Istmo de Tehuantepec, la franja de tierra más estrecha entre los océanos Atlántico y Pacífico en México, es un lugar excepcional. Sus paisajes van desde selvas tropicales pantanosas en la costa norte del Golfo hasta montañas templadas que dan paso a una sabana tropical seca en las laderas del Pacífico. Una amplia gama de especies endémicas, entre ellas 11 tipos de aves, pueblan la rica mezcla de hábitats, dice Jorge Montejo, biólogo de SOS Social Solutions, una organización sin ánimo de lucro que promueve la educación medioambiental y el cambio de comportamiento a nivel local.

Los científicos solo han realizado unos pocos estudios sobre este tesoro ecológico, afirma Montejo, y muchos locales desconocen la biodiversidad que existe en su propio entorno. Zuleyma Enríquez Casique observaba de forma superficial la abundancia de aves que la rodeaban en la parte sur del istmo, en las tierras de propiedad colectiva y cultivo cooperativo conocidas como el Ejido Mazahua. “Con respeto los ves y listo,los admiramos porque hay colores bonitos y te llama la atención y más nada”, dice. Un proyecto financiado por Conserva Aves y liderado por SOS Social Solutions quiere cambiar eso.

El equipo está trabajando con los residentes para establecer áreas de conservación en más de 10.000 hectáreas en los ejidos de Mazahua, Almoloya-Rincón Vaquero y Mena Nizanda. Las áreas abarcan una gran variedad de hábitats y albergan a una amplia gama de comunidades, entre las que se incluyen agricultores afromexicanos y pueblos indígenas zapotecos y zoques. Cada comunidad orientó la selección de las áreas protegidas en función de sus valores culturales y biológicos. Los límites propuestos para una de ellas, por ejemplo, abarcan lugares donde los curanderos de la comunidad recolectan la mayor parte de sus plantas, según explica Marissa Anzueto, directora general de SOS Social Solutions.

En otros casos, la presencia de aves es la que determinará dónde se trazan las líneas. Enríquez Casique y Mario Torres Ordaz, también del Ejido Mazahua, son dos de las nueve personas que se están formando para estudiar y supervisar a las aves locales y sus hábitats. Para empezar, están priorizando cinco especies vulnerables—los loros cabeza amarilla, los pericos mexicanos, los chingolos colicanela y los colorín ventrírosado y pecho naranja—en tres áreas protegidas propuestas. El año pasado, Enríquez Casique y Torres Ordaz utilizaron binoculares por primera vez. Con un nuevo dispositivo GPS, los observadores de aves en formación trazaron las rutas que recorrerán al menos una vez por semana hasta finales de 2026 para buscar las especies objeto de estudio.

“Cuando vinieron la primera vez [a hablar de avistamiento de aves], dije, ‘estos están locos’”, afirma Torres Ordaz. “Pero ya esté escuchando, viendo que es algo muy importante a nivel mundial. Ya sabemos qué tenemos, sabemos que tenemos que conservarlas más, cuidarlas más”.

Autonomía acelerada: Bolivia 

Alfredo Matareco Maza aprendió a combatir incendios junto a su padre en San José del Cavitu, su pueblo en la selva amazónica boliviana. En cada temporada seca, seguían las normas ancestrales de la comunidad para realizar quemas controladas con el fin de prevenir incendios forestales destructivos, lo que incluía esperar a que pasaran las lluvias para quemar pequeñas parcelas de tierra cultivable y utilizar cortafuegos para contener las llamas. Estos métodos tradicionales resultaron eficaces hasta 2023, cuando una sequía extrema provocó incendios forestales sin precedentes en el suroeste de la selva amazónica. Fue una llamada de atención, dice Matareco Maza: necesitaban nuevos aliados y nuevas estrategias.

Por fortuna, Matareco Maza estaba en una buena posición para hacer algo al respecto. En 2023 se había convertido en el primer jefe, o cacique, de un nuevo Territorio Indígena Multiétnico (TIM) que incluye a 28 comunidades. Bajo esta forma única de gobierno, las comunidades indígenas tienen una autonomía sin precedentes y acceso a fondos para proteger sus tierras de amenazas externas como la tala ilegal, la caza, la minería y la ocupación de tierras, dice Catalina Rivadeneira Canedo, coordinadora para la región amazónica de Oré, una organización sin fines de lucro dedicada a la autodeterminación y la conservación indígenas.

Desde el comienzo, cuenta Matareco Maza, una de las prioridades del TIM fue proteger Loma Santa, una región rica en biodiversidad que tiene humedales, llanuras aluviales y bosques. La zona es el hogar de varios grupos indígenas, como el pueblo tsimane, cuya forma de vida está muy ligada al bosque, y limita con una de las áreas protegidas más grandes de Bolivia, el TIPNIS. También es una zona que está cada vez más vulnerable frente a los incendios forestales. En 2024, bajo una ley federal promovida por el gobierno del TIM, Loma Santa se convirtió en la primera área protegida indígena de la Amazonía boliviana. El siguiente paso para las comunidades fue determinar cómo gestionar esas cerca de 200.000 hectáreas dentro del TIM.

Conserva Aves proporcionó financiación y apoyo para hacer realidad el objetivo en poco tiempo. 

El equipo de Oré trabajó con líderes indígenas, autoridades locales y el pueblo T'siname para crear inventarios de biodiversidad de especies de aves y peces, y desarrollar un plan de gestión. El pasado mes de agosto, el TIM presentó públicamente estrategias para mantener el área de conservación, que alberga cerca de 280 especies de aves y permite la pesca y la caza para consumo personal. “Aunque ya teníamos la idea, Conserva Aves nos dio el empujón que necesitábamos”, afirma Matareco Maza.

Para asegurar el buen manejo del área protegida, 60 indígenas con un profundo conocimiento del paisaje local recibieron formación como guardabosques, según explica el biólogo Miguel Ángel Fernández, de Oré. Los guardabosques supervisan el estado de los ríos, los bosques y la fauna silvestre en toda la TIM.

Con el fin de proteger la nueva zona de conservación contra los incendios forestales, 16 de los guardabosques recibieron equipos de extinción de incendios y formación a través de Conserva Aves. Combinan métodos tradicionales, nuevas herramientas y tecnologías modernas, como estaciones meteorológicas, lo que les ha ayudado a prevenir de forma más eficaz grandes incendios forestales, afirma Matareco Maza. Dada la incertidumbre que plantea el cambio climático, disponer de estos recursos es más importante que nunca. “Ahora podemos priorizar muchas necesidades de acuerdo con nuestra realidad”, dice Matareco Maza.

Caminos que se abren: Perú 

Los residentes de Calabaza, un pequeño asentamiento quechua huanca situado en el bosque de niebla de Satipo, en Perú, no estaban acostumbrados a recibir muchos turistas. En las últimas décadas, ocasionalmente aparecían observadores de aves muy apasionados en busca de especies esquivas como el antpitta de Oxapampa y el tapaculo de Junín. Estos visitantes, sin embargo, siempre llegaban guiados por agencias externas que apenas interactuaban con la comunidad, dice Gerson Ferrer, director de comunicaciones de Yunkawasi, una organización conservacionista peruana y socia de Conserva Aves.

La comunidad estaba interesada en atraer más turismo de aves para contribuir a la economía del pueblo. Por eso, cuando el equipo de fútbol local ganó el campeonato regional de 2012, utilizó las ganancias para construir alojamientos para los observadores de aves. A pesar de esto, no tenían claro cómo podían atraer a nuevos visitantes.

A principios de 2024, Yunkawasi y representantes del gobierno llegaron para ofrecer una posible solución: crear un área protegida que atrajera el ecoturismo. Al principio, se toparon con una intensa desconfianza. Desde la época colonial, una carretera atraviesa esta región, pero décadas de conflicto armado aislaron a las aldeas indígenas durante los años ochenta y noventa. Además, las pocas iniciativas de conservación emprendidas por personas ajenas a la zona habían entrado en conflicto con la ganadería y la agricultura en algunos lugares, lo que amenazaba los medios de vida de los residentes. “La comunidad decíamos, ‘no, no queremos nada’ [con iniciativas de conservación externas]”, afirma Amador Macario Alanya, presidente de la asociación de turismo comunitario Calabaza Corazón.

Al principio, los residentes rechazaban las reuniones que organizaba Yunkawasi. Solo después de que los biólogos celebraran con ellos durante la fiesta del aniversario del pueblo, los locales se involucraron. Poco a poco, según cuenta la directora de Yunkawasi, Fanny Cornejo, se ganaron la confianza de los habitantes de Calabaza y otras nueve comunidades indígenas situadas dentro y alrededor de la zona protegida propuesta de un poco más de 52.600 hectáreas.

Yunkawasi y el gobierno regional trabajaron con las comunidades para determinar las actividades permitidas dentro del área protegida, que se encuentra en las etapas finales de reconocimiento oficial. Los conservacionistas están apoyando a los agricultores Ashaninka para convertir sus parcelas de café en parcelas de cultivo a la sombra capaces de albergar a una gran cantidad de aves. También están colaborando con los agricultores quechua huanca para mantener las variedades locales de papa utilizando una combinación de técnicas antiguas y modernas. Además, se han asociado con una cooperativa lechera para mejorar los productos y diversificarlos con una nueva línea de yogures y helados elaborados con frutas locales.

En Calabaza, los residentes están haciendo realidad el sueño del turismo de aves que tenían desde hacía mucho tiempo. Los líderes comunitarios y los biólogos trazaron rutas para la observación de aves y reforzaron la capacidad local para recibir visitantes. El año pasado, por primera vez en la historia, Calabaza participó en el Global Big Day, en el que personas de todo el mundo hacen un conteo de todas las aves que ven. El 10 de mayo de 2025, 35 visitantes recorrieron los tres nuevos senderos y avistaron más de 80 especies, entre ellas el cucarachero peruano y el tangara de bufanda amarilla. “Fue muy emocionante porque nunca habíamos visto nada de eso”, dice Alanya. El evento fue una pequeña victoria: un paso importante hacia la construcción de un futuro que ahora se atreven a soñar con alcanzar.

El sonido de la supervivencia: Colombia

Cada mañana, cuando Fernanda Emilé Barrios Benavides se despierta en El Ensueño, la pequeña granja donde vive con su marido, escucha el bosque que la rodea. Cuando la pareja llegó por primera vez a las montañas de Calima El Darién, en el sur de Colombia, en 2016, Barrios Benavides no prestó mucha atención al paisaje sonoro de las aves. Sin embargo, después de convertirse en observadora de aves para Conserva Aves el año pasado, lo que antes le parecía un manto de sonido se reveló como un rico tapiz de cantos.

En 2024, con financiación de Conserva Aves, el aliado local Fundación Trópico y las autoridades medioambientales regionales protegieron más de 18.200 hectáreas de bosques y tierras de cultivo. La asociación colaboró con pequeños agricultores y grandes operadores comerciales para transformar tierras agrícolas convencionales en sistemas agroforestales respetuosos con las aves que atraen a ecoturistas. También se convirtió en uno de los sitios piloto para el programa de monitoreo acústico asistido por inteligencia artificial de Conserva Aves.

El pasado mes de octubre, dos millones de dólares del Bezos Earth Fund permitió a la asociación implementar una tecnología asistida por IA que identifica a las aves por sus cantos. En tres sitios piloto en Colombia, Perú y Bolivia, los participantes instalaron dispositivos de grabación que capturan continuamente el paisaje sonoro; el software analiza las grabaciones y revela qué aves están presentes. Barrios Benavides es uno de los siete agricultores que trabajan en el proyecto en Colombia, lo que le permite obtener una visión más completa de la avifauna que alberga su tierra. Ella y su marido descubrieron que su granja, de poco más de seis hectáreas, es el hogar de dos especies vulnerables: el toropisco montañero y el cucarachero de Munchique. “Sentimos una gran responsabilidad hacia ellos”, afirma. 

Cuando la Fundación Trópico llegó por primera vez a Calima El Darién hace más de 30 años, el conflicto armado en Colombia estaba devastando los pueblos rurales y los turistas evitaban la región. La organización se marchó en medio de la violencia. Cuando el grupo regresó en 2015, tras una década de ausencia, se percató de que los intereses mineros se habían instalado en la zona y colaboró con los lugareños para proteger el desarrollo de bosques clave. Junto a las fincas cafeteras y ganaderas, las zonas boscosas que quedan albergan casi 600 especies de aves, desde la endémica reinita canadiense hasta la pava del Cauca.

Ahora, la Fundación Trópico está trabajando para crear nuevas fuentes de ingresos y, al mismo tiempo, proteger la biodiversidad. “El potencial es enorme, pero el riesgo también lo es”, afirma Ana Elvia Arana, coordinadora del área técnica del grupo. 

Por un lado, están apoyando nuevas iniciativas empresariales, proporcionando desde asistencia técnica e internet por satélite hasta guías de aves y otros equipos básicos. Tomemos como ejemplo los nuevos alojamientos para huéspedes: “Les hemos estado llevando mantas, almohadas, platos, vasos, ollas... cosas que se dieron cuenta de que necesitaban cuando empezaron a llegar los turistas”, dice Arana. Por otro lado, para evitar una sobrecarga de visitantes que pueda perturbar a las aves o degradar el hábitat, la organización está evaluando el flujo de visitantes a la región para ayudar a diseñar un programa de turismo basado en la naturaleza. “Es un proceso muy lento”, dice Arana. Pero la gente está muy motivada: “Allá las reuniones son siempre una fiesta”. El ambiente optimista parece natural, dado lo mucho que la comunidad tiene que celebrar.

Esta historia se publicó originalmente en la edición de primavera de 20256 con el título “Interés común”. Para recibir la revista impresa, hágase miembro hoy mismo  realizando una donación.