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Romper el hielo: lecciones de supervivencia de un Ártico cambiante

Cuando las temperaturas aumentan y se derrite el hielo del mar, nuestro intrépido corresponsal se dirige hacia el norte para ver cómo los científicos prueban tecnologías para comprender mejor el Ártico.

Para hacer una expedición en rompehielos en el Ártico estadounidense moderno, se debe volar a la ciudad de la fiebre del oro, Nome, en Alaska, que alguna vez fuera el futuro puerto ártico de nuestro país, en un avión comercial cuya carga consiste en una mitad de cargamento y la otra de pasajeros. En el estacionamiento de grava del aeropuerto, a 64,5 grados de latitud norte, uno toma un taxi, una vieja camioneta 4x4, y realiza el paseo de $8 a la ciudad. Luego, debe esperar. Si el cielo está despejado se puede ver el Healy, el rompehielos polar estadounidense más nuevo y, a veces, el único que funciona, anclado en el horizonte. Si las olas son pequeñas, se puede esperar una llamada telefónica: vaya al muelle. Si las olas son pequeñas pero se aproxima una tormenta, puede esperar que el tono sea urgente: apúrese. 

Hay tres carreteras principales que salen de este pueblo de 3.800 personas, cada una devana su propio camino a través de la península de Seward. Una de ellas ofrece una buena oportunidad de ver a los alces americanos, a los bueyes almizcleros y a las nutrias de río. La segunda pasa el desvío para la estación de radar White Alice, de la época de la Guerra Fría, en Anvil Mountain. La tercera conduce a las máquinas de vapor y los vagones de plataforma del llamado Último Tren a Ninguna Parte, que en su momento transportaba mineros y ahora se oxida en el lugar desde hace más de un siglo. Los tres caminos alcanzan su punto final a menos de cien millas de Nome.

Esta parte de Alaska, donde se encuentra la meta de la Iditarod, los restaurantes están a cargo de emprendedores coreano-estadounidenses y un galón de gasolina cuesta $5,46, es una puerta de entrada al cambiante Ártico porque está desarrollada, pero aquí en el norte la palabra “desarrollada” es relativa. Nome no está conectado por carretera con el resto del estado, y mucho menos con el resto del continente: únicamente se comunica por avión o barco. Y las pistas de aterrizaje son cortas. Y el puerto es poco profundo.

El Ártico en deshielo, que siempre fue un punto de conflicto ecológico y ahora un premio geopolítico, sigue siendo una ciénaga logística. Nome se encuentra a medio camino entre las islas Aleutianas y la parte superior de Alaska, justo debajo del Círculo Polar Ártico, la línea imaginaria que hace un círculo sobre el globo a los 66° 32' de latitud norte. No hay un puerto de aguas profundas ni aquí ni en ningún otro lugar a lo largo de las 3.000 millas de costa septentrional del estado, el doble del recorrido desde Portland, Maine, a Miami, Florida. Hasta hace unos meses, el puerto de Nome iba a ser el primero, pero se ha detenido el plan de $210 millones del Cuerpo de Ingenieros del Ejército para transformarlo, dejando a toda la región sin una buena base para establecer equipos de derrame de petróleo, montar operaciones de búsqueda y rescate, o estacionar un rompehielos. No hay faros en el Ártico de Alaska. Hay pocas boyas para asistir a la navegación. Los gráficos tienen manchas y son viejos. La cobertura satelital, para comunicaciones, datos y GPS, empeora con cada salto en la latitud. Hay pocos recursos Estadounidenses para hacer cumplir el próximo código de embarque de la Organización Marítima Internacional para el océano Ártico, y para hacer cumplir un tratado que prohíbe la pesca comercial, a medida que nuevas especies se trasladan a las aguas de los océanos afectados por el calentamiento. En el año 2015, cuando ocurrió la primera visita al Ártico de Alaska de un presidente de los Estados Unidos en ejercicio, la primera entrada de buques de guerra chinos en el Mar de Bering y la perforación del primer pozo profundo de petróleo exploratorio en una generación en el Mar de Chukchi, la base permanente más cercana de la Guardia Costera se encontraba a más de mil millas náuticas al sur.

Por lo tanto, un miércoles de julio, una expedición de rompehielos diseñada para ampliar las capacidades de la Guardia Costera en el océano más nuevo de agua azul del mundo, no inició con una demostración de fuerza, sino con un ejemplo de a lo que se enfrenta la agencia. Mi teléfono había sonado la noche anterior: esté listo temprano. Por la mañana, con un cielo despejado y mares moderados, me uní a científicos, técnicos y pilotos de aviones no tripulados en el Puerto de Nome, donde apilamos nuestro equipaje al lado de un contenedor de basura y de un fétido retrete exterior. Entonces esperamos.

El Healy de 420 pies, demasiado grande para el puerto poco profundo, permaneció anclado en alta mar. Después de un tiempo, suficiente para que uno de los científicos caminara ida y vuelta la media milla hasta la ciudad en busca de café, recibimos otra llamada: un barco está en el agua. “¿Traen bolsas de basura?”, preguntó el oficial de seguridad de la Guardia Costera que atendió la llamada. El Healy no pudo confirmar. Corrí hasta la ciudad para comprar algunas en el supermercado de Nome —$15 por caja, precio del Ártico— y metimos mochilas y maletas adentro, en preparación para un paseo mojado.

Después de 30 minutos, una lancha naranja con paredes inflables y un casco rígido rodeó un rompeolas, serpenteando más allá de una planta de pescado y de las barcazas de dragado temporales, protagonistas del reality show de Discovery Channel La Pesca del Oro. Dos marineros de la Guardia Costera con cascos saltaron hacia un muelle y empezaron a repartir trajes de supervivencia naranjas a la primera ronda de pasajeros. Cinco subieron a la embarcación; luego el barco volvió al mar, rebotando con tanta violencia a través de las olas que un hombre se lastimó la espalda.

El pequeño barco regresó dos veces más, en busca de personas y bolsas. Los oficiales del Healy comenzaron a preocuparse de que el proceso estaba tomando demasiado tiempo, por lo que pasaron una hora preparando el lanzamiento de un segundo buque de desembarco, que luego regresó a la nave con un último grupo de pasajeros. El buque subía en el oleaje, y los científicos intentaban medir el tiempo de su ascenso y caída a medida que subían por una escalera de cuerda, uno por uno, hasta la borda del Healy. Los trajes de supervivencia se arrojaron en un montón y la brigada de cubetas trasladó el equipaje a la nave. Se volvieron a doblar las bolsas de plástico con cuidado y el buque de desembarco se sacó del agua utilizando una grúa.

Nadie se sorprendió de que así fuera como finalmente llegamos a estar de pie a bordo del Healy, al que en su puerto de origen de Seattle se puede ingresar caminando. Esta es la realidad de trabajar en rincones remotos de la Tierra. Pero el buque insignia estadounidense del Ártico se había tomado la mayor parte de un día simplemente para cargar dos docenas de personas y sus bolsas, otro recordatorio de que aunque se hable mucho de un océano Ártico abierto, estamos poco preparados para que se convierta en una realidad.

A bordo del Healy, los científicos establecieron estaciones en el laboratorio. Los técnicos montaron planeadores de olas autopropulsados, sensores flotantes de aproximadamente 7 pies de largo. Los operadores de aviones no tripulados desempaquetaron cajas en el hangar. Los recién llegados recorrieron los pasadizos del rompehielos y subieron y bajaron por sus circuitos internos de escaleras.

En una sala de conferencias en el centro de la embarcación, nos dieron las asignaciones de camarote y recogimos pagers para que se nos pudiera contactar, independientemente de dónde nos encontráramos a bordo. El científico jefe del crucero, Scot Tripp, un exoficial del rompehielos Great Lakes, que ahora trabajaba en el Centro de Investigación y Desarrollo de la Guardia Costera en Connecticut, nos dijo dónde comprar tarjetas telefónicas para realizar llamadas a casa vía satélite —$18 por 100 minutos— y cómo subir nuestras fotos a un disco duro compartido a bordo de la nave, para que todos pudieran disfrutar de ellas. Nos recomendó que dejáramos nuestras sábanas sin lavar al final del crucero de 10 días —la tripulación se encargaría de ellas— y donáramos $5 al fondo de moral de la nave. Él hizo una breve reseña de nuestra misión: “Aquí necesitamos nuevas tecnologías”, dijo. “Estamos explorando todas las posibilidades”.

La mayoría de los científicos y técnicos a bordo trabajaban para otras agencias gubernamentales, como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA por sus siglas en Inglés) y la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, o para empresas privadas, como una de las más importantes petroleras, ConocoPhillips, y un fabricante de drones, AeroVironment, que se había asociado con la Guardia Costera para este crucero. Si algunos de ellos terminaban su trabajo temprano y se relajaban después de eso, a Tripp no ​​le importaba. “Su tiempo es su tiempo”, dijo. “No vamos a hacerles hacer nada más. Tomen fotografías. Nos encanta eso”.

Más tarde, en una cubierta exterior golpeada por el viento tajante, sin sombrero y con una chaqueta de lana fina, Tripp habló más sobre nuestros objetivos. El trabajo del Centro de Investigación & Desarrollo, o RDC (por sus siglas en Inglés), era proporcionarle a la Guardia Costera las herramientas adecuadas para misiones muy variadas, que incluyen todo desde la protección del medio ambiente hasta la interdicción de drogas, la seguridad costera, y la búsqueda y rescate. Para el RDC, “hubo una pausa en el Ártico después de lo que sucedió en el 2001 y nuestro enfoque pasó a ser la seguridad nacional”, explicó. “Ahora, debido a la mayor concentración en el Ártico, que se está derritiendo debido al calentamiento global, estamos volviendo a ello”.

Sin embargo, las nuevas demandas de la agencia no se habían traducido a nueva financiación, nuevos buques, o una nueva infraestructura costera. Por lo que la presencia intensificada de la Guardia Costera en el vasto Ártico tendría que ser en parte robótica, digital. “Cualquier cosa que podamos hacer para multiplicar nuestro alcance”, dijo Tripp, “En eso nos vamos a enfocar. Y ahí es donde nos sirven los sistemas no tripulados”. Además de drones y planeadores de olas, que pueden estar equipados con cámaras y sensores de calor, el Healy llevaba boyas inteligentes y rastreadores químicos y sumergibles operados por control remoto, así como un globo gigante, llamado aerostato, que flotaba cientos de pies por encima de la nave para cumplir la función de puesto de observación y torre de comunicaciones móvil.

El globo “aerostato” toma vuelo. Diseñado para volar a varios centenares de pies sobre el Healy, a medida que se mueve a través del mar, el aerostato cumple la función de puesto de observ