Shawn Virgillo siempre ha amado el aire libre. Creció entre granjas y bosques en Astoria, Oregon, cerca de donde el río Columbia desemboca en el Pacífico. Solía hacer viajes regulares a la frontera oriental del estado para pescar en el río Snake, y solía bajar la ventanilla de su automóvil para percibir el aroma amargo y cítrico de la artemisa bajo el sol del desierto. Le apasionaba ese olor.

Ahora Virgillo vive a pocas millas del río, pero probablemente no volverá a pescar hasta 2022. Durante dos años ha estado entre los 200 reclusos en la sección de mínima seguridad del Instituto Correccional de Snake River, la prisión más grande de Oregón. Virgillo fue condenado por agresión en 2017. Conocía a los oficiales que lo arrestaron por su trabajo en el negocio de seguridad de eventos. Fue humillante. "Nunca, jamás creí que era una mala persona", dice. "Cometí un error".

En una fría mañana de noviembre, Virgillo está de vuelta al aire libre, escoltado por un oficial de correccionales. Vestidos con uniformes de mezclilla y amarillo brillante, con un estampados que dice INMATE (recluso), él y otros 10 prisioneros salen por la puerta principal, pasan a través de una puerta perimetral, y dan la vuelta en la esquina hacia un invernadero. En los bancos de trabajo, encuentran un ritmo familiar, aliviando su trabajo con charlas y bromas internas. Golpean los bordes de los contenedores cónicos con destreza para aflojar el contenido: plántulas sanas de color verde grisáceo de la gran artemisa de Wyoming.

Shawn Virgillo se prepara para empacar una bandeja de plántulas de artemisa en el invernadero del Instituto Correccional de Snake River.

Esta subespecie, retorcida y monótona, rara vez alcanza más de unos pocos pies de altura. Es posible que la planta no inspire asombro, tal como lo haría una secoya o un saguaro, pero define su paisaje tanto como lo hacen esos gigantes. La artemisa es la piedra angular de un ecosistema que admite más de 350 especies animales y vegetales. Casi 100 tipos de aves habitan en la estepa de artemisas, y muchas dependen en gran medida, si no del todo, de la propia planta para su alimentación o su hábitat. El Urogallo de las Artemisas, el cual anida debajo de sus ramas y no come nada más que sus hojas en invierno, depende de la artemisa a tal punto que son vistas como emblemas de todo el ecosistema. Y lo que expresan es un ecosistema en peligro. Su población ha disminuido a solo 200,000 de quizás 16 millones antes del asentamiento europeo, tiempo durante el cual el desarrollo, el fuego y otras fuerzas han degradado más de la mitad del inmenso mar de artemisas.

Estas son algunas de las lecciones que Virgillo y otros reclusos han aprendido como participantes en el Sagebrush in Prisons Project. Es una asociación entre el Instituto de Ecología Aplicada (IAE), una organización sin fines de lucro con sede en Oregón que se enfoca en la conservación de especies autóctonas; la Oficina de Administración de Tierras (BLM por sus siglas en inglés) de los EE.UU., que lucha por detener la pérdida de artemisas en sus vastas propiedades occidentales; y departamentos de correccionales estatales ansiosos por proporcionar programas de trabajo para el desarrollo de habilidades para los reclusos. En la primavera, los reclusos siembran semillas recolectadas por la BLM en bandejas en espacios interiores. Pasan el verano cuidando las plántulas, guiados por el personal del IAE. Una vez llegado el otoño, aquellos con autorización para abandonar los terrenos de la prisión plantan los arbustos jóvenes en áreas arrasadas por incendios forestales, con la esperanza de que se asienten y finalmente maduren lo suficiente como para sustentar al Urogallo de las Artemisas y un sinfín de otros seres vivos.

Las prisiones estatales en todo el oeste, junto con la Oficina de Administración de Tierras
de los Estados Unidos y el Instituto de Ecología Aplicada, están trabajando para combatir
la pérdida de hábitat de la artemisa. Video: Mike Fernandez/Audubon

No estaba claro si el proyecto en sí se arraigaría cuando comenzó en Snake River en 2014. En ese momento, pocos habían intentado cultivar artemisa en las cárceles. Sin embargo, alrededor de 15 hombres produjeron 20,000 plantas ese primer año, y la BLM quedó impresionada con las plántulas saludables. El programa ahora incluye un componente educativo sobre ecología de artemisa y se ha expandido a otras cárceles. En 2019, 519 reclusos en nueve instalaciones en cinco estados cultivaron 421,000 plántulas. En total, estos hombres y mujeres han ayudado a cultivar alrededor de 1,5 millones de plantas de artemisa. Como referencia, en un buen año, la BLM y sus contratistas podrían plantar hasta medio millón de plántulas en el distrito de administración de 5.1 millones de acres, el cual abarca el río Snake. "Este programa está restaurando el hábitat y restaurando la esperanza", dice Stacy Moore, quien dirige el proyecto de las cárceles y es directora del programa de educación ecológica del IAE. "Hombres y mujeres me han dicho: 'Esta es la primera vez que he podido retribuir'".

Para los reclusos, el proyecto proporciona una fuente de positividad y propósito en lo que puede ser un entorno deshumanizante. "Podemos salir y podemos hacer algo que tiene mérito, ayudar a la naturaleza", dice Virgillo. "Saber que soy parte de este intento de proteger pequeñas aves es realmente genial. También hay muchos otros animales que dependen de esto".

Sown in spring and cared for all summer by inmates, tiny seeds (top) by fall transform into plucky sagebrush seedlings with deep, healthy roots, ready for transplanting to restore habitat. Photos: Mike Fernandez/Audubon

A medida que el invernadero se calienta al sol de la mañana, los hombres llenan bolsas de plástico con ocho plántulas cada una y luego empaquetan cajas de cartón con 22 bolsas cada una. Mañana, bajo vigilancia, viajarán aproximadamente 30 millas desde la prisión para completar la temporada plantando estas casi 5,000 plántulas, la última cosecha del año después de que el personal de la BLM llevó más de 50,000 a un sitio que había sufrido un incendio.

Pero eso más adelante. Ahora deben regresar a sus literas para un conteo antes del almuerzo. El oficial los lleva de regreso. Las puertas de la prisión se cierran detrás de ellos.

Un siglo antes de convertirse en el telón de fondo de innumerables películas de vaqueros, los viajeros caucásicos pensaban que el mar de artemisas era inhóspito y opresivamente vasto. "No se veía nada más que artemisas, o plantas de salvia salvaje, lo cual es extremadamente poco interesante, ya que no tienen ni belleza ni utilidad para recomendar", escribió un expedicionista irritable en 1849. "He viajado durante días antes de llegar al río Columbia, donde no se podía ver nada en las tierras altas y las llanuras, excepto las artemisas".

Tales impresiones no eran un simple producto de quemaduras solares o dolor por la montura. Las 18 especies de artemisa alguna vez dominaron unos 150 millones de acres en el oeste. Desde entonces, los humanos han ido reduciendo el hábitat y, en consecuencia, su vida silvestre.

El Urogallo de las Artemisas sufrió una disminución tan severa que estuvieron cerca de ser incluidos en la lista en virtud de la Ley de Especies en Peligro de Extinción. Sin embargo, los conservacionistas, las empresas de energía, los ganaderos y otras partes interesadas llegaron a un acuerdo para evitar el desarrollo dentro del hábitat restante del ave, lo que llevó al gobierno federal a optar por mantener la especie fuera de la lista en 2015. Luego, en marzo de 2019, la administración del Presidente Trump rechazó esos planes de gestión, cuyos términos ya había incumplido de todos modos, y los reemplazó por restricciones más flexibles en su esfuerzo por liberar a las empresas de combustibles fósiles. A pesar de que los científicos de la BLM trabajan para conservar el ecosistema de artemisas, el programa de energía y minerales de la agencia ha sido tan agresivo en el arrendamiento del hábitat del Urogallo que un juez federal suspendió la resolución en octubre hasta que el tribunal pueda determinar su legalidad, ordenando a la administración que se atenga una vez más a los términos del acuerdo de 2015.

En la región, alrededor de la prisión de Snake River, es fácil observar otras amenazas a la estepa de artemisa. Los agricultores de Oregon han convertido grandes extensiones de matorrales autóctonos en campos de cebollas, papas y alfalfa. En Idaho, justo al otro lado del río, la expansión urbana del subterráneo de Boise destruye más y más artemisas cada año.

Sin embargo, aquí y en gran parte del oeste, existe una amenaza más grande al acecho: el fuego. Entre 2000 y 2018, casi las tres cuartas partes de los acres administrados por el Departamento del Interior que se incendiaron eran matorrales y pastizales, no los bosques en los que uno suele pensar a raíz de los informes de noticias sobre incendios forestales. Eso incluye más de 15 millones de acres de artemisa perdidos. El fuego está azotando algunas partes de la estepa de artemisa con hasta 50 veces más frecuencia de lo que lo hizo históricamente, y los incendios masivos que cubren cientos de miles de acres se están volviendo cada vez más comunes.

Si bien un clima cada vez más árido y cálido contribuye a esta embestida, la causa más inmediata es una planta invasora de gran éxito conocida como espiguilla. Originaria de Eurasia, esta agresiva anual llegó a América del Norte en barcos del siglo XIX. Se extendió rápidamente, ayudado por los ferrocarriles y el ganado, y ahora habita más de 100 millones de acres en el oeste. A diferencia de las plantas perennes autóctonas, se marchita a principios del verano, lo cual sirve como leña y causa incendios más frecuentes. Cuando el humo desaparece, la espiguilla supera a la artemisa y otras especies en la lucha, desplazando las plántulas autóctonas y generando condiciones para más incendios devastadores.

"Estamos perdiendo mucha artemisa y no se está recuperando por sí sola", cuenta Michele Crist, ecologista y paisajista del Programa de Incendios y Aviación de la BLM y miembro de la junta de Audubon. "En cambio, lo que estamos obteniendo son estos monocultivos de espiguilla. Llevará años y años restaurar estos paisajes para que vuelvan a estar dominados por artemisas".

Acortar ese tiempo de recuperación es fundamental para las especies que dependen de la artemisa. El Urogallo de las Artemisas, por ejemplo, regresa a la misma área de reproducción cada primavera, incluso después de un incendio, pero por lo general necesitan la cobertura de la artemisa para esconderse de los depredadores y anidar con éxito. Los científicos que luchan por mejorar las técnicas de restauración han aprendido que sembrar semillas tiene una tasa de éxito penosamente baja. La siembra manual de las plántulas es mucho más efectiva, pero requiere mucho más tiempo y trabajo.

El tiempo es una cosa que los reclusos tienen en exceso, y muchos de ellos ven el trabajo—incluso el trabajo duro y peligroso como combatir incendios, el cual realizan varios participantes del Sagebrush in Prisons Project—como un bienvenido descanso de la monotonía, la negatividad y la violencia que a menudo rodea a aquellos dentro de la prisión. En un país con la población encarcelada más grande del mundo, siempre existe el riesgo de que el gobierno explote o se vuelva dependiente del trabajo cautivo, dice David Fathi, director del Proyecto Nacional de Prisiones de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles. No obstante, mientras los reclusos estén completamente informados de los riesgos involucrados, y el cultivo de artemisa es más tedioso que peligroso, los programas de trabajo pueden ser mutuamente beneficiosos. "Noventa y siete por ciento de los prisioneros eventualmente saldrán y volverán a casa y vivirán al lado de usted y yo", dice Fathi. "Darles a los prisioneros aptitudes laborales y capacitación es una de las mejores cosas que se puede hacer para garantizar, o al menos maximizar, la posibilidad de un reingreso exitoso que no implique el regreso a prisión".

Los reclusos en algunas instalaciones reciben un pequeño salario por cultivar artemisa. Todos ellos hacen el trabajo en forma voluntaria, enfatiza Moore, y tienen que solicitar un puesto. Si bien las reglas le impiden contactar a los participantes después de que salen de prisión, los oficiales de correcciones le han dicho que algunos han usado su experiencia para encontrar trabajo en horticultura.

Los participantes parecen genuinamente comprometidos y animados por el trabajo, incluso, como una docena de reclusos en tres prisiones contaron a Audubon, agradecidos por ello. Están agradecidos de poder aprender aptitudes para trabajos potenciales cuando sean liberados. Están agradecidos de que confíen en ellos. De aprender sobre la naturaleza. De experimentar momentos de paz. De sentirse bien consigo mismos. De ver crecer las plantas. De estar al aire libre bajo la luz del sol—demonios, de estar bajo la lluvia.

Un letrero dentro del Centro Correccional del Estado de Idaho presenta al personal y a los visitantes el esfuerzo de crecimiento de artemisa.

"Nos da la oportunidad de sentir que somos seres humanos nuevamente, en lugar de solo nuestros números IDOC", dice el recluso del Centro Correccional del Estado de Idaho, Dan De Minico, refiriéndose a la agencia estatal que supervisa su encarcelamiento a las afueras de Boise. A diferencia de la mayoría de los demás en el programa, De Minico está cumpliendo una cadena perpetua. Cultivar artemisa no es preparación para nada; no está armando un currículum. Pero él ama el trabajo. Ha estado en el equipo todos los años desde que la prisión inició el programa en 2015. Y cada vez que llama a su madre, Barbara, le cuenta las noticias sobre las artemisas. Como cuando encontró una mantis religiosa en los arbustos, u observó una pareja de Chorlitejos Culirrojos que anidaba entre las plántulas. "Es algo muy importante para él, porque estará allí por mucho tiempo, y es algo que espera con ansias todos los años", cuenta Barbara. "Incluso aquellos que no ven ninguna posibilidad de salir tienen la sensación de seguir siendo parte del mundo".

Al final de la celda de De Minico, Samantha Floyd se encuentra en una situación muy diferente. Está a solo dos semanas de su liberación del Centro Correccional de Mujeres de South Boise, donde la mayoría de las reclusas cumplen sentencias cortas por delitos relacionados con drogas y alcohol. Floyd no puede esperar para llevar a su hijo al lugar de pesca favorito de la familia en el área de conservación nacional de aves de rapiña Morley Nelson en el río Snake de BLM, hogar de la mayor concentración de nidos de aves de rapiña de América del Norte. De hecho, ahí es donde Floyd y otros reclusos pasaron un día helado plantando artemisas en un área quemada. "Este proyecto, las clases aquí, me han salvado la vida", dice ella. "Una vez que salga de aquí, podré llevar a mi hijo y mostrarle: 'Mira, mientras mamá estaba fuera, esto es lo que hice'".
 

Las reclusas del Centro Correccional de Mujeres de South Boise se preparan para empacar plántulas de artemisa saludables.

La mañana después de guardar las plántulas, Virgillo y otros nueve internos de Snake River se emparejan bajo el cielo azul en el Flying Double F Ranch, una operación de caza privada cerca de Vale, Oregon. Las plántulas adicionales se destinaron a replantar un parche rojizo de pasto invadido por espiguillas y otras invasoras. Al lado del campo se extiende el afluente Bully Creek, una franja de exuberancia relativa. Los Urogallos de las Artemisas necesitan dicho hábitat ribereño durante el verano seco y caluroso para encontrar insectos, hierbas y otros alimentos para sus polluelos. La idea es construir un corredor de artemisa que conecte el arroyo con el hábitat cercano gestionado por la BLM.

Trabajando en filas, un miembro de cada dúo coloca los arbustos jóvenes en los agujeros que cava su compañero, aplicando presión ligeramente con el pie sobre una barrena, una herramienta con una cabeza cónica que refleja la forma de los recipientes de la planta. Se requiere de mucho sudor y esfuerzo para hacer cada hueco en el suelo frío y duro, pero a los hombres no les importa. Es un alivio estar al aire libre y una nueva experiencia para algunos de los urbanitas que han pasado poco tiempo en el campo. "¿Esto es mierda de perro?" pregunta un recluso apuntando a masa curtida a sus pies. "Vaca", dice Virgillo llanamente, sin pausar su trabajo.

De vuelta en el invernadero, las plántulas parecían llenas de valor y promesa. Repartidas en este vasto paisaje, eclipsadas por los pastos circundantes, parecen demasiado delicadas para aferrarse. Con el fin de darles una ventaja, los gestores de suelo a menudo eliminan las espiguillas con un herbicida y siembran semillas de hierba autóctona que pueden ayudar a ganarle la batalla a la invasora.

No obstante, son más duras de lo que parecen, como lo demuestra una visita a un sitio de la BLM en el sureste de Oregón. Luego de ser el foco de un incendio en 2012, fue la primera área replantada a través del proyecto, en 2014. Al lado de las artemisas carbonizadas se alzan arbustos valientes de un metro de altura. Sus ramas se inclinan bajo semillas amarillentas. Las artemisas más jóvenes han comenzado a echar raíces en los espacios entre ellas. A medida que la luz del sol se desvanece, la silueta de los cuernos de un berrendo se desliza por una cresta cercana. Parece un paisaje en recuperación.

Aún así, los reclusos solos no van a salvar este ecosistema. Demasiado hábitat está desapareciendo con demasiada rapidez como para que puedan mantener el ritmo, incluso si participaran las 24 cárceles que Moore ha identificado en la región, como espera que lo hagan. Pero algo es algo. Cada plántula que cultivan los prisioneros, si sobrevive, será una fuente más de alimento y refugio para las criaturas que lo necesitan con urgencia. Además, cada aptitud que aprenden en el proceso los pone un paso más cerca de una vida productiva después del encarcelamiento. "No veo absolutamente ningún inconveniente", dice Daly Edmunds, directora de política y divulgación de Audubon Rockies. "Es una forma realmente creativa en la que los nuevos socios pueden participar con el fin de ayudar a cambiar el futuro de este ecosistema".

Virgillo a menudo considera cómo será su propio futuro. Él anhela ver a sus dos hijos adultos, y otros simples placeres que una vez dio por sentado. "Estoy ansioso por mi propia cocina", dice. "Una cama de verdad, y no una estera de espuma. Silencio en la noche. Las luces están totalmente apagadas".

Todavía le quedan dos largos años, pero el programa le da algo bueno en qué pensar mientras tanto. "Un dulce para la mente", lo llama. La primavera traerá otra oportunidad para conseguir una nueva vida a partir de pequeñas semillas. El horrible aburrimiento, la soledad, todo desaparece en el invernadero. Algunas noches, de vuelta en su litera habiendo dejado un arduo día más detrás de él, todavía puede oler la artemisa en sus manos.

Esta historia se publicó originalmente en la edición de primavera 2020 como "Outside Job". Para recibir la revista impresa, hágase miembro hoy mismo realizando una donación.

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