El futuro de las aves

 
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De las 604 especies estudiadas por los científicos de Audubon, 389 son vulnerables a la extinción (o, en las próximas décadas, más de la mitad de su zona de distribución actual podría volverse inhóspita). Sin embargo, si tomamos medidas para limitar el calentamiento, podríamos ayudar al menos a 290 de esas especies (lo que significaría que podrían retener un área importante de su territorio actual). Visualización de los datos: Alex Tomlinson

Cuando los imponentes saguaros coronan imponentes el Desierto de Sonora en la primavera, se ven destellos rojos y amarillos entre ellos. El Carpintero de California revolotea entre las flores como un colibrí maduro, recogiendo hormigas y néctar con su lengua larga y pegajosa. Las vidas de estos carpinteros se conectan con aquellas del saguaro; no solo se alimentan de insectos que viven en la carne de la suculenta, sino que también crean cavidades que protegen a sus familias de la potencia del sol. Cuando vacían los hoyos, los Mochuelos de los Saguaros, las Golondrinas Purpúreas y los Copetones Tiranillos se mudan allí.

Sin embargo, los desarrolladores de inmuebles aviares del Desierto de Sonora podrían extinguirse para 2080 si la región se torna más calurosa y seca, lo cual a su vez contribuiría a generar condiciones propicia para incendios forestales que incineran los hogares de estos carpinteros. Es uno de los hallazgos solemnizadores del informe de Audubon “Sobrevivir por unos grados: 389 especies de aves en peligro de extinción”, publicado en octubre. Mediante el uso de modelos climáticos avanzados, el informe ofrece una visualización sin precedentes sobre cuáles aves y lugares se encuentran en mayor riesgo, a través de nuestra guía de campo para conocer el futuro de las aves de América del Norte.

En las peores situaciones, los cambios se verán muy marcados en dicha guía de campo a futuro. La sección de aves costeras sería considerablemente más pequeña, dado que los reproductores del Ártico como los Correlimos y los Chorlitos Dorados Chicos desaparecerían en gran parte, ya que no podrían reproducirse una vez que las temperaturas aumenten demasiado. Muchas aves de pastizales como el Gorrión Sabanero Pálido y el Zarapito Americano y especies de bosques como el Carpintero Bellotero y el Cascanueces Americano, desaparecerían a medida que las Grandes Llanuras se secan y los bosques del oeste disminuyen debido a las sequías y los incendios forestales. La obra de arte sería menos colorida con la pérdida de la Reinita Gorjinaranja y la Reinita de Magnolia y otros migrantes neotropicales que han volado durante milenios al bosque boreal cada primavera. 

En este libro especulativo, los mapas de la zona de distribución de las especies se transformarían de manera considerable. Algunos aumentarían: Golondrinas Comunes, Estornios Pinto, Carpinteros Vellosos y Cenzontles Comunes cubrirían una mayor parte del continente, mientras que las Garzas Blancas y las Garzas Ceniza se expandirían al norte hacia áreas que antes eran demasiado frías. Pero los mapas, en muchas páginas, abarcarían porciones de tierra mucho menores que lo que son hoy. 

De las 604 especies representadas, 389 son vulnerables a la extinción, lo que significa que para el año 2080, más de la mitad de su zona de distribución actual se tornaría inhóspita y no encontrarían nuevos sitios a los cuales desplazarse. Si esto sucede, esa guía futura tendría la mitad del grosor de la que tiene usted hoy en su repisa. El noventa y nueve por ciento de las aves podría tener que enfrentar condiciones meteorológicas extremas más frecuentes, como calor intenso en primavera y lluvias torrenciales; al mismo tiempo, el aumento del nivel del mar y los procesos de urbanización podrían consumir hábitats muy necesarios. Es posible que la mayoría de las aves experimenten varias amenazas compuestas; a menos que disminuyamos las emisiones y prioricemos la conservación de las áreas, identificadas por los modelos, que serán esenciales para las aves amenazadas por el clima. 

Los modelos, tras cinco años de investigación, son de “última generación”, dice Josh Lawler, un ecologista de la Universidad de Washington en Seattle que utiliza modelos similares para predecir cómo la vida silvestre podría responder al cambio climático y que no participó del estudio. “No solo utilizaron nuevos datos del clima, sino que también hicieron las cosas de la manera más sofisticada posible para este tipo de modelo”. “Estos estudios tan amplios a nivel geográfico y ricos en especies son necesarios para ayudar a la vida silvestre a sobrevivir al cambio climático”, explica. “Hay tiempo para identificar los lugares que se deben proteger, los lugares que se deben restaurar, las especies que necesitarán mucha ayuda”. 

El informe nos dice que el momento de actuar es ahora y señala los pasos que podrían marcar la diferencia entre la supervivencia y la extinción para el Carpintero de California y muchas otras especies. 

Un modelo para los tiempos que corren

El nuevo estudio se realiza cinco años después de que Audubon publicara su primer informe del clima, una investigación que llevó siete años. El estudio de 2014 indicó que de las 588 especies de aves investigadas, 314 podrían extinguirse para 2080. 

En ese entonces, este era el estudio más amplio y más detallado de este tipo. Los científicos llegaron a su sorprendente conclusión al combinar en primer lugar 44,000 registros del Conteo Navideño de Aves de Audubon y el Programa de Supervisión de Aves en Reproducción de América del Norte para determinar dónde viven las aves. Luego precisaron el rango de temperaturas, la cantidad de lluvias y otras características climáticas del hábitat de cada especie y cruzaron la información con proyecciones computarizadas del clima a nivel mundial . Así se obtuvieron las posibles zonas de distribución futuras con condiciones climáticas adecuadas para cada especie, asignadas a una resolución de 10 kilómetros cuadrados.

Desde entonces, se han producido grandes avances en informática y el acceso a las bases de datos internacionales ha aumentado, permitiéndoles a los científicos generar pronósticos aún más detallados. “Estamos aprendiendo a diario cómo mejorar los modelos”, dice Terry L. Root, una bióloga retirada que fue pionera en los modelos de distribución aviar computarizados en la década de 1980 y forma parte de la junta de la Sociedad Nacional Audubon. “Y estamos mejorando”.

Para definir con mayor precisión las condiciones climáticas que las especies habitan hoy, los científicos de Audubon incorporaron 140 millones de observaciones de aves de 70 conjuntos de datos. (Si envía avistamientos a eBird, probablemente haya contribuido al nuevo estudio). Estas observaciones incluían datos de México y Canadá que no se utilizaron en 2014. También fueron más allá de solo considerar las condiciones climáticas al tomar en cuenta la vegetación, la agricultura, las aguas superficiales y otras variables a fin de garantizar que las aves también tuvieran un hábitat apropiado. “Queremos llegar a las áreas que son adecuadas por su clima pero que además tienen un hábitat apropiado, es decir que son áreas que no se han transformado por actividades agrícolas ni esfuerzos de urbanización ni presentan elementos que las hacen inadecuadas para la especie en cuestión”, dice Brooke Bateman, climatólogo sénior de Audubon que lideró la investigación. 

Bateman y sus colegas incluyeron esas variables en los modelos climáticos para determinar el potencial futuro de estas especies en un mundo de calentamiento, comparando las mejores y las peores situaciones. Las temperaturas globales ya han aumentado entre 0.8 y 1.2 grados Celsius desde 1880, y se registraron 18 de los 19 años más calurosos desde 2001. De acuerdo con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, si las emisiones de carbono continúan en aumento, es probable que la temperatura del planeta aumente un promedio de 2 grados para 2050 y 3 grados para 2080. Si permanecen estáticas, veremos un aumento de 1.5 grados Celsius para alrededor de 2050.

Los científicos utilizaron los mapas de zona de distribución proyectada, que cuentan con una resolución de un kilómetro cuadrado, para evaluar la vulnerabilidad a la extinción de cada especie debido a los cambios impulsados por el clima en la temperatura, las precipitaciones y la vegetación. Se predice que las especies muy vulnerables perderán al menos la mitad de su zona de distribución actual y no la obtendrán en ningún otro lugar. 

Quizás no sorprenda pero a las aves “generalistas” les irá mejor que a las “especialistas”. Las aves con dietas y requisitos de hábitat más flexibles, como los Cuervos Americanos, los Ampelis Americanos, los Tordos Sargentos y los Estorninos Pintos, podrían ganar un terreno considerable. Aquellos que necesiten de fuentes de comida o paisajes más específicos podrían enfrentar dificultades graves, incluidos los Piquituertos Comunes, cuyos extraños picos evolucionaron para desarmar piñas, y los Urogallos de las Artemisas que no pueden sobrevivir sin ellas.

Además de realizar un mapeo de cada especie, el equipo agrupó los resultados por área geográfica para ofrecer una imagen más grande de cómo se verán afectadas las aves de determinados hábitats. Aquellas que viven o se reproducen en la tundra Ártica y los bosques boreales correrán el mayor peligro, dado que en estos lugares la temperatura aumenta dos veces más rápido que el resto del planeta. El Carbonero Montañés y el Camachuelo de Cassin, ya agrupados en las laderas de las montañas del oeste con condiciones climáticas limitadas, podrían quedarse sin espacio vertical para desplazarse. La Tángara Rojinegra y otras aves del boque del este que dependen de árboles caducifolios podrían desplazarse hacia el norte a áreas que en la actualidad son perennes. Muchas aves que ya pueden aguantar el calor, como las especies de tierras áridas del suroeste y aves de pantano, podrían colonizar nuevas áreas.

“Hay incertidumbre sobre cualquier especie específica en cualquier proyección específica, pero en promedio estas predicciones deberían ser real y relativamente precisas”, dice Morgan Tingley, ornitólogo y biólogo de conservación de la Universidad de Connecticut que no participó de la investigación. “Esto podría indicarnos qué áreas podrían perder especies o ganarlas, y qué áreas podrían ser fundamentales para el movimiento y la dispersión. Estos son puntos de conservación factibles”.

Ben Zuckerberg, un ecólogo especializado en clima y aves de la Universidad de Wisconsin-Madison, que tampoco participó en la investigación, coincide. “Estos modelos son realmente buenos para darle a la gente una aproximación sobre las regiones en las que esperamos ver algunos de los mayores cambios en su espacio climático apropiado”, señala. “Ofrece la mejor estimación sobre las especies que estarán en condiciones climáticas inhóspitas con mayor frecuencia debido a que el espacio climático se mueve con tanta velocidad”.

Determinar cuáles son las especies y los sitios en riesgo es solo el comienzo de esta historia, ya que a medida que las aves se desplazan para sostener su espacio climático, se encontrarán con varios obstáculos y desafíos.

Ir a los extremos

Durante los cambios climáticos anteriores, a lo largo de varios millones de años, las aves tenían mucho espacio para desplazarse. En la actualidad, trabajan con grandes restricciones: un tercio de la tierra de los EE. UU. está destinada al pastoreo de vacas; un quinto, al cultivo y el 3.6 por ciento urbano es intransitable para la vida silvestre. “Muchos de los mismos caminos por los que las especies pudieron desplazarse a medida que cambiaba el clima ya no existen”, dice Zuckerberg. Además, el cambio climático está creando una atmósfera ácida más susceptible a condiciones meteorológicas extremas como incendios forestales, lluvias intensas y sequías, mientras que el aumento del nivel del mar por el deshielo polar consume hábitats costeros de gran valor.

“Las aves no solo tendrán que cambiar; también tendrán que tratar con estas otras amenazas añadidas”, señala Bateman. Así, ella y su equipo modelaron las denominadas amenazas regionales, que afectan a determinados lugares más que a otros, para ver dónde cruzan y se superponen con las zonas de distribución actuales y las proyectadas para el futuro de 544 especies.

Se concentraron en nueve amenazas. Las cinco amenazas de corto plazo, calor de primavera extremo, sequías de primavera, clima favorable para incendios, lluvias intensas y primaveras falsas, afectan a las aves durante la temporada de gran sensibilidad de reproducción (ver “Vencer el calor”), mientras que el aumento del nivel del mar, el cambio del nivel de los Grandes Lagos, la urbanización y la expansión de las tierras de cultivo destruyen el hábitat. Los científicos generaron modelos de estas amenazas en todo los Estados Unidos continentales con 1.5 y 3 grados Celsius de calentamiento, luego cubrieron los mapas de amenazas regionales con los mapas de la zona de distribución proyectada de las aves para ver cuáles podrían verse afectadas por qué tipo de amenazas.

Si las temperaturas aumentan 3 grados, el 99 por ciento de las aves estudiadas podría sufrir calor primaveral extremo y el 96 por ciento podría encontrar una o dos amenazas en su hábitat. Más de la mitad de las aves podrían enfrentar un clima propenso a incendios. Las aves del este y el Pacífico podrían soportar la carga de lluvias intensas, mientras que las del sudoeste podrían verse afectadas por sequías de primavera frecuentes. Las aves costeras podrían perder su hábitat por la urbanización y el aumento del nivel del mar, apiñando las poblaciones de ambos lados.

Estas amenazas regionales serían mucho menos graves si logramos mitigar el cambio climático. La proporción de aves que no se verían amenazadas mejora de forma notable al 17 por ciento en un aumento de 1.5 grados, en comparación al 1 por ciento si la temperatura aumenta 3 grados. Y casi dos tercios de aves enfrentarían una sola amenaza: en casi todos los casos, el calor primaveral extremo, que podría extenderse por la mitad del país.

Si se los considera juntos, los estudios advierten sobre una posible pérdida masiva de biodiversidad. Las aves generalistas están preparadas para desarrollarse y expandirse, lo que las hace más resilientes a la naturaleza caótica de las condiciones extremas.

Para los observadores de aves, esto se traduciría en una lista de vida más corta, con pocas de las especies endémicas que convierten el viaje en algo emocionante. La alegría de divisar una reinita, tan poco comunes, ya no vendrá con la migración de primavera; la razón para viajar a un hábitat único puede extinguirse. “La diversidad de la naturaleza se debe en gran parte a que las especies pueden ocupar innumerables nichos, adoptar maneras muy extrañas de vivir y crear todo tipo de formas de vida diferentes”, dice Tingley. “Si avista aves lo sabe porque a menudo estas son las especies que nos parecen geniales y que decidimos salir a buscar”.

“No solo está en riesgo nuestra admiración por las aves. Habrá especies que ya están estresadas por otros medios, como la contaminación o los pesticidas y tendrán el estrés adicional del calor, las sequías o las inundaciones”, señala Root, ganador del Premio Nobel de la Paz como coautor de la cuarta evaluación de Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). “No van a sobrevivir. Y serán especies que necesitamos”.

Los Gorriones de Baird comen grillos y otros insectos que consumen cosechas, al tiempo que los búhos y las águilas cazan alimañas. Los colibríes polinizan las flores que producen frutos; los Cascanueces Americanos y otros semilleros replantan los bosques y reponen la vegetación. El Ánade Rabudo y el Eider Común se cazan como alimento y por deporte y los permisos de caza recaudan millones de dólares de conservación de forma anual. Los carroñeros, como los buitres, los cuervos y las gaviotas, limpian cadáveres y basura, lo cual contribuye a reducir la propagación de enfermedades. Los carpinteros disminuyen los brotes de los escarabajos invasivos de la corteza. Las aves marinas redistribuyen los nutrientes entre la tierra y el mar y su guano es un fertilizante valioso.

Incluso las aves que no tienen un impacto directo en los humanos nos ayudan. Las cavidades que realiza el Carpintero de California en el cactus saguaro sirven como sitios de nidificación seguros para los vencejos y los búhos que controlan las pestes.

El trabajo de esta ave pasa desapercibido. Pero si se extinguen, sentiremos su ausencia.

Un motivo para tener esperanza

Las guías de campo del mañana no tienen que perder su peso a nivel familiar: todavía hay tiempo para corregir el rumbo y salvar a muchas especies de aves. Si estabilizamos las emisiones de carbono globales, muchas aves estarían mejor. Casi 300 especies serían menos vulnerables a extinguirse con 1.5 grados de calentamiento que con 3 grados y casi 150 especies podrían recuperarse del peligro, según indica el informe.

“El mayor valor de este estudio es la manera en la que lo relacionaron con los umbrales de las políticas climáticas”, indica Lawler. “Si no conoce el beneficio, es difícil justificar un menor calentamiento”.

“Nuestro informe nos dice que el cambio climático es una amenaza existencial para las aves y representa una señal de que debemos elegir un camino diferente, ahora”, señala Renee Stone, vicepresidenta de la Iniciativa Climática de Audubon. “Las soluciones climáticas ya están sobre la mesa para disminuir las emisiones de carbono a la velocidad y escala que necesitamos”.

Para las 286 especies todavía vulnerables a 1.5 grados, la disminución de las emisiones no será suficiente. El informe ayuda en este caso también, dice Chad Wilsey, vicepresidente de conservación de Audubon y coautor del informe. “Podría haber lugares específicos importantes para una población determinada que se verán afectados”, afirmó. “El análisis ayuda a identificar aquellos lugares para que podamos reunir esfuerzos para proteger o restaurar el hábitat”.

En otras palabras, el informe nos muestra los lugares fundamentales que se deben proteger. La protección de franjas de bosque boreal para la reproducción de reinitas y aves acuáticas también permite capturar carbono en los árboles y el suelo, lo cual contribuye a detener el calentamiento. En el caso de las aves costeras amenazadas por el aumento del nivel del mar, los conservacionistas pueden crear condiciones de modo que las aves de las playas y los pantanos puedan migrar tierra adentro y, al mismo tiempo, amortiguar el oleaje de la tormenta en las ciudades costeras. Las áreas de las Grandes Llanuras, que según las proyecciones se preservarán, como bastiones, a pesar del cambio climático, pueden gestionarse para ser hábitats de aves de pastizales y polinizadoras. Conectar bosques fragmentados al proteger o restaurar corredores naturales puede orientar a la vida silvestre hacia áreas más seguras.

Este trabajo no beneficiaría solamente a las aves. En la actualidad, los bosques del oeste se incendian con mayor frecuencia e intensidad. Las olas de calor en la tierra y en el mar están en aumento. Es probable que los huracanes que se formen en el Atlántico tropical sean más grandes, fuertes y destructivos para las ciudades costeras. Estos desastres han desplazado a miles de personas, los primeros refugiados climáticos de los Estados Unidos, incluso de manera extra oficial.

“El paisaje no solo está cambiando para las aves; está cambiando para todos”, afirma Bateman. “A través de la mirada de las aves, podemos ver cómo anticipan el cambio”.

La pregunta es, entonces, cuántos cambios estamos dispuestos a dejar que se produzcan. 

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